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Una guerra comercial podría empobrecer más al mundo

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Todo este tiempo, hemos sabido sobre la ignorancia beligerante de Donald Trump en materia de economía (y muchas otras cuestiones más). Sin embargo, hasta este momento no había importado mucho.

Asumió el cargo en medio de una recuperación sostenida que comenzó con su predecesor, misma que ya había llevado a la economía estadounidense de vuelta al punto en el que aplican las reglas “normales” de las políticas: las tasas de interés están por encima de cero y la política monetaria es efectiva de nuevo, por lo que la gestión económica a corto plazo ha recaído en las manos bastante confiables de la Reserva Federal, no en la caótica Casa Blanca de Trump. Lo que el presidente no sabía, no nos podía hacer daño.

No obstante, siempre hubo motivo de preocupación ante la posibilidad de una crisis, ya fuera creada por fuerzas externas, como algún tipo de colapso financiero, o por el mismo gobierno. En ese caso, la coherencia de la Reserva Federal no sería suficiente. En este momento, comienza a parecer que tenemos una crisis de políticas comerciales en nuestras manos.

Trump siempre tuvo un interés obsesivo por el comercio, que ve de la misma forma que todo lo demás, como una prueba de poder y masculinidad. Todo se resume a quién vende más: si tenemos un superávit comercial ganamos, si tenemos un déficit comercial perdemos.

Por supuesto que esto es una insensatez. El comercio no es un juego en el que todo suma cero: aumenta la productividad y la riqueza de la economía mundial. Tomando un ejemplo nada al azar, podemos decir que tiene mucho sentido producir aluminio, un proceso que requiere enormes cantidades de electricidad, en países como Canadá, que tienen energía hidráulica en abundancia. Así, Estados Unidos se beneficia de importar aluminio canadiense, ya sea que resulte o no en un déficit comercial con ese país (y sucede que no incurrimos en ninguno, pero eso realmente no importa en este caso).

Es cierto que los déficits comerciales pueden ser un problema cuando la economía está deprimida, y el desempleo es elevado. Es por ello que yo, al igual que muchos otros economistas, queríamos que se adoptara una postura más estricta en relación con la política de la moneda china en 2010, cuando teníamos una tasa de desempleo de alrededor del nueve por ciento. Sin embargo, las circunstancias bajo las cuales había que preocuparse por los déficits comerciales, al igual que por los déficits presupuestales, se han evaporado en su mayoría, ahora que el desempleo volvió al cuatro por ciento.

Entonces, no podemos “ganar” una guerra comercial. Lo que sí podemos hacer es iniciar un ciclo de ajustes de cuentas, y tratándose del comercio, Estados Unidos —que representa un nueve por ciento de las exportaciones mundiales y un 14 por ciento de las importaciones mundiales— no es, de ninguna manera, una superpotencia dominante.

Un ciclo de represalias contraería el comercio mundial en general, lo cual haría al mundo en su totalidad, incluyendo a Estados Unidos claro está, más pobre. Tal vez, incluso más importante en el corto plazo, sería un mundo extremadamente perturbador. Vivimos en una era de cadenas globales de suministro: casi todo lo que se produce en Estados Unidos (y en los demás países) utiliza elementos que se producen en otros países. Tu automóvil nuevo bien podría tener un chasis ensamblado en Estados Unidos, un motor y sistema de cableado hechos en México, componentes electrónicos de Corea y China y, claro, el acero y el aluminio de Canadá.

¿Podríamos producir automóviles sin todos esos componentes importados? Sí, en un momento determinado. Sin embargo, para llegar de este momento a ese momento habría un desastre enorme: cientos, si no es que miles, de fábricas tendrían que cerrar o cambiar de giro. Y no estamos teniendo en cuenta la pérdida neta de empleos resultante de una guerra comercial a gran escala, que, al final, probablemente sería una cantidad relativamente pequeña. La cuestión, más bien, es que la pérdida bruta de empleos sería enorme, debido a que millones de trabajadores se verían obligados a cambiar de empleo, mudarse a nuevos lugares y otras cosas más. Además, muchos de ellos sufrirían pérdidas sobre la marcha que nunca podrían recuperar.

Ah, y las empresas que se lleven la peor parte, acabarían perdiendo billones de dólares en valor accionario.

Así que la idea de que una guerra comercial sería “buena” y “fácil de ganar”, como afirmó Trump en Twitter, es incomparablemente tonta. La forma en la que Trump parece estar comenzando esta guerra también resulta considerablemente tonta. ¿Comenzar por proteger bienes que son elementos necesarios para industrias que emplean a mucha más gente que aquellas a las que se está protegiendo? ¿Hacerlo en nombre de la seguridad nacional —una justificación que, por una buena razón, casi nunca se invoca— cuando la principal fuente de esos elementos es esa potencia extranjera hostil de Canadá?

Por sí mismos, los aranceles no son gran cosa. Sin embargo, si son un indicador de hacia dónde se dirigen las políticas en el futuro, entonces son realmente malos.

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