Analistas

Reflexiones sobre un sistema económico enorme

Un par de días después, mientras viajaba hacia el sur desde Secaucus con dirección a Princeton, tuve uno de esos momentos en que me golpeó la mera escala de la economía mundial.

La vista: tenía frente a mí la Autopista de Nueva Jersey, de 12 carriles en ese punto y ya llena de camiones a primera hora de la mañana. A la derecha, el Aeropuerto Internacional Newark Liberty _ solo uno de los tres aeropuertos del área metropolitana de Nueva York _, con muchos aviones despegando y aterrizando. A la izquierda, las enormes grúas del puerto de contenedores Elizabeth marchando a la distancia.

En estos días, Nueva York es uno de los muchos enormes centros metropolitanos de todo el mundo. La escala de todo es, más o menos, inconcebible, en el sentido de que nadie puede imaginarse la realidad de lo que recibimos y gastamos.

Quizás el motivo por el que esta comprensión se apodera de mí de vez en cuando es que en mi línea de trabajo normal analizo este gigantesco sistema utilizando pequeños modelos estilizados que reducen su inmensidad a un par de líneas que se intersectan. Y eso está bien; la gente que rechaza los modelos estilizados invariablemente termina dependiendo, lo sepa o no, de modelos implícitos que son aún menos realistas debido a que las suposiciones que los sustentan no son examinadas. Lo que es más, esos modelos estilizados han sido enormemente exitosos en los últimos años, pronosticando la inactividad de la inflación y de las tasas de interés, los

Efectos adversos de la austeridad y más.

Pero de vez en cuando parece que vale la pena contemplar la enormidad del sistema del que estamos hablando.

Sin pasar por la barbería

Hay en marcha asuntos serios, pero no sé si hay algo más que pueda decir al respecto en este momento. Por tanto, sobre un tema del que pienso que puedo hacer una intervención útil: la duda de Peter Dorman sobre por qué tantos economistas usan barba (lea aquí la publicación de su blog: bit.ly/1CZdywR).

De hecho, otros economistas, además de Dorman, han planteado la misma pregunta, y han encontrado que los premios Nobel con barba no son tan prevalecientes como se podría haber pensado.

En gran parte es por la impresión transmitida por Joseph Stiglitz y por mí mismo, aunque Simon Wren Lewis hace gala de una aún más impresionante.

Pero hasta el punto en que exista un patrón aquí, básicamente se reduce a la cultura de los niños prodigio de la economía, donde las carreras profesionales pueden despegar muy rápidamente; y la apariencia de alguien pudiera no estar a la altura de su reputación profesional.

En mi caso, me dejé crecer la barba cuando tenía 26 años, y definitivamente fue una decisión defensiva. Ahí estaba, escribiendo lo que esperaba fueran documentos de investigación innovadores _ “¡todo lo que todos han dicho sobre el comercio internacional está equivocado!” _, y con un aspecto de estudiante de universitario. (En serio, una vez que fui a ver a un colega, algunos de los estudiantes que lo estaban esperando se quejaron de que me les estaba adelantando en la fila.) Así que lo que estaba buscando era un poco de dignidad velluda.

Y para cuando ya no necesitaba esa dignidad, la barba se había vuelto parte de mi personalidad.