Analistas

El nuevo clima de traición en Estados Unidos

El título de este artículo viene de un libro otrora famoso sobre funcionarios británicos destacados que, resultó, espiaron para Stalin. Terminé pensando en el título del libro mientras veía la reacción del movimiento conservador ante las noticias de que sí, la campaña de Trump estuvo en contacto con agentes rusos y estuvo dispuesta, de hecho ansiosa, por participar en la colusión.

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Provider: CartoonArts International / The New York Times Syndicate

Con muy pocas excepciones, esta reacción ha adoptado dos formas: restar importancia a la colusión, o celebrarla. Algunas personas están argumentando que decir “¡Me encanta!” cuando agentes rusos ofrecen información dañina sobre tu oponente no cuenta como colusión a menos que se sostenga (cosa que pudo haber pasado, por cierto; solo que todavía no lo sabemos), o a menos que haya determinado el resultado de las elecciones. Bajo ese estándar, por supuesto, el doble agente británico Kim Philby no hizo nada malo, dado que Occidente terminó ganando la Guerra Fría.

Otros básicamente están diciendo que cooperar con un dictador extranjero no es la gran cosa si nos protege contra amenazas reales, como la cobertura médica universal.

Lo importante a notar es que casi todo el movimiento conservador se ha convencido de uno de estos argumento o de ambos. Después de toda la agitación de banderas, de todos los ataques contra el patriotismo de los demócratas, esencialmente resulta que todo el Partido Republicano acepta el equivalente moral a la traición si beneficia a su bando en la política interna. Lo que hace que surja la pregunta: ¿Qué le pasó a esta gente?

Una respuesta podría ser que la ideología de extrema derecha, el empeño en los recortes a los impuestos para los ricos y el sufrimiento para los pobres, tiene tanta fuerza en la mente conservadora que nada más importa. Pero aunque esto es así entre algunos apparatchiks, supongo que no es ni remotamente tan cierto para muchos otros; ciertamente no para la base republicana. Entonces, ¿por qué el partidismo se ha vuelto tan extremo que supera al patriotismo?

Bueno, se me ocurre una idea inspirada en algo que escribió recientemente mi colega Branko Milanovic de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, sobre las guerras civiles. Milanovic — quien sabe un par de cosas sobre Yugoslavia — critica la visión de que las guerras civiles son causadas por divisiones profundas entre poblaciones que no se conocen entre sí. La relación causal, sostiene, es al revés: cuando inicia una guerra civil por cualquier motivo, ahí es cuando se trazan las líneas entre los grupos, y lo que podrían haber sido diferencias menores y bastante benignas se convierten en brechas irreconciliables. Mi sugerencia es que algo así ha pasado en Estados Unidos, sin el baño de sangre masivo (hasta el momento, al menos).

La radicalización del Partido Republicano empezó como una cuestión de arriba hacia abajo, impulsada por los intereses millonarios que financiaron campañas y grupos de análisis, empujando al partido hacia la derecha. Pero para ganar elecciones, las fuerzas que participaban de esta pugna cínicamente apelaron a los impulsos más oscuros de los estadounidenses: ante todo racismo, pero también a la guerra cultural, al anti intelectualismo, etc. Para desarrollar dicho atractivo, estas fuerzas crearon un círculo de medios — Fox News, programas de radio, etc. — que atrajo a muchos blancos de clase obrera. Esto significó que un gran segmento de la población ya no escuchara las mismas noticias — básicamente no experimentara la misma versión de la realidad — que el resto de nosotros. Así que las que habían sido diferencias reales pero no extremas se volvieron diferencias extremas en la perspectiva política.

Y los personajes políticos o se adaptaron o fueron desplazados. Alguna vez hubo republicanos que habrían reaccionado con horror ante la relación del presidente Donald Trump con el presidente ruso, Vladimir Putin, pero han abandonado la escena, o ya no son considerados republicanos.

Esto tiene implicaciones inquietantes a corto y largo plazo. En el corto plazo, probablemente significa que independientemente de lo feas que se pongan las revelaciones sobre Rusia y Trump, la mayoría de los republicanos, tanto en la base como en el Congreso, seguirá apoyándolo; porque destituirlo sería una victoria para los liberales, quienes son peores que cualquier otra cosa.

A largo plazo, hace que uno se pregunte si y cómo podremos recuperar al país que solíamos tener. Como dice Milanovic, hubo un tiempo en que los serbios y los croatas parecían llevarse bastante bien, y efectivamente la tasa de matrimonios interraciales era alta. ¿Pero alguien podría volver a unir a Yugoslavia ahora?

A este ritmo, pronto nos estaremos haciendo la misma pregunta sobre Estados Unidos.