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Analistas 31/01/2026

Educar para no perder el rostro humano en la era de IA

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto
HAROLD-CASTILLA-DEVOZ
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Apoyándome explícitamente en el mensaje del Papa León XIV para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año 2026, la número 60, y con el foco claro en educación superior, inteligencia artificial y alfabetización digital en Colombia, expreso con voz ética que la inteligencia artificial ya no es una promesa futura sino una fuerza que reorganiza la economía, el trabajo, la comunicación y, de manera decisiva, la educación. La pregunta clave no es si debemos usarla, sino ¿quién la gobierna, con qué criterios y al servicio de qué tipo de humanidad? En su mensaje, el Papa León XIV ha sido inusualmente directo: el desafío de la inteligencia artificial no es tecnológico, sino antropológico. Cuando algoritmos simulan voces, rostros, emociones y decisiones, lo que está en juego no es la eficiencia, sino la dignidad humana, el pensamiento crítico y la capacidad de relación auténtica. Este llamado interpela de manera frontal a la educación superior colombiana.

Hoy asistimos a una paradoja preocupante. Mientras instituciones universitarias y sistemas educativos incorporan aceleradamente herramientas de IA (chatbots, sistemas de evaluación automatizada, analítica del aprendizaje), nos preguntamos si en verdad estamos formando con la misma urgencia las capacidades críticas para comprender, cuestionar y gobernar estas tecnologías. El riesgo es claro: pasar de educar personas a entrenar usuarios; de formar criterio a optimizar respuestas. Colombia no es ajena a esta tensión. La brecha digital persiste, la alfabetización crítica es desigual y el sistema de educación superior enfrenta presiones financieras que empujan a soluciones rápidas y tecnocráticas. En ese contexto, la IA corre el riesgo de convertirse en un atajo: más cobertura, menos reflexión; más automatización, menos humanidad. El Papa León XIV advierte algo que el debate público suele omitir: cuando delegamos el pensamiento, la creatividad y el juicio ético a las máquinas, no ganamos tiempo; perdemos humanidad. La educación que se limita a incorporar IA sin una pedagogía del discernimiento termina debilitando aquello que dice proteger: la autonomía intelectual y la libertad del espíritu. Por eso, el núcleo del desafío educativo no es enseñar a “usar” inteligencia artificial, sino educar para no renunciar al propio pensamiento. Alfabetizar digitalmente no es aprender a operar plataformas, sino comprender cómo los algoritmos moldean la percepción de la realidad, amplifican sesgos, incentivan la polarización y erosionan la deliberación democrática.

Aquí la educación superior tiene una responsabilidad ineludible. Las Instituciones de Educación Superior (IES) no pueden convertirse en simples laboratorios de adopción tecnológica dictados por el mercado o por los rankings. Están llamadas a ser espacios de custodia del rostro y de la voz humana, como señala el Papa: lugares donde la tecnología sea mediación y no sustitución; herramienta y no oráculo. Esto exige decisiones institucionales y políticas claras. Primero, integrar de manera transversal la alfabetización en IA, ética digital y pensamiento crítico en todos los programas académicos, no como cursos marginales, sino como competencias estructurales. Segundo, garantizar que la IA complemente y no reemplace la relación pedagógica, el acompañamiento docente y la evaluación formativa. Tercero, formar a los profesores no solo en competencias técnicas, sino en criterio pedagógico y juicio ético frente a la tecnología.

Y en esa tarea, la educación superior no es un actor más: es uno de los últimos espacios donde todavía podemos decidir si la tecnología amplía la humanidad o la empobrece.

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