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La muerte de Jürgen Habermas, filósofo de la teoría de la acción comunicativa, llega en un momento simbólico para las democracias contemporáneas, entre ellas la de nuestro país. Su obra estuvo dedicada a una pregunta esencial: ¿cómo pueden las sociedades libres tomar decisiones colectivas sin que el poder, la manipulación o la fuerza terminen imponiéndose sobre la razón? Hoy, cuando Colombia se aproxima a un nuevo ciclo electoral presidencial en medio de la polarización política, la desconfianza institucional y una creciente degradación del debate público, esa pregunta vuelve a adquirir una urgencia particular.
Habermas defendió durante décadas una idea que parece sencilla, pero que en realidad exige una profunda madurez democrática: la legitimidad política no proviene únicamente del voto, sino de la calidad del debate público que precede a las decisiones colectivas. La democracia no es solo un procedimiento electoral, sino, ante todo, un proceso deliberativo en el que los ciudadanos discuten, argumentan y confrontan ideas en condiciones de relativa igualdad.
Cuando ese debate se empobrece, la democracia se debilita. El problema es que buena parte de la democracia contemporánea colombiana atraviesa justamente ese deterioro. Las redes sociales han acelerado la circulación de información, pero también han fragmentado el espacio público, haciendo que el debate político se vuelva más emocional que racional, más inmediato que reflexivo. Las consignas reemplazan a los argumentos y las identidades políticas se convierten en trincheras. La polarización ha reducido la posibilidad de construir acuerdos mínimos sobre los grandes desafíos del país: la desigualdad persistente, el desarrollo productivo, la sostenibilidad fiscal, la transformación tecnológica o la calidad del sistema educativo. En este contexto, cada elección parece convertirse en un plebiscito emocional más que en una deliberación sobre proyectos de país.
De allí la importancia que adquiere hoy, más que nunca, la educación superior. En una auténtica democracia, las Instituciones de Educación Superior (IES) no son únicamente espacios de formación profesional ni simples plataformas para la movilidad social, sino que cumplen una función más profunda: son uno de los pocos lugares donde la sociedad aprende a discutir con argumentos, a confrontar ideas sin destruir al adversario y a sostener el pensamiento crítico frente a las simplificaciones del poder. En términos habermasianos, las IES forman parte del tejido institucional que sostiene la esfera pública democrática. En ellas se cultivan las capacidades intelectuales y éticas que permiten a los ciudadanos participar en una deliberación racional sobre el futuro colectivo.
Por eso resulta preocupante que, en algunos discursos políticos recientes, la educación superior aparezca reducida a una discusión presupuestal, a un conflicto ideológico o a una disputa entre lo público y lo privado. Esa simplificación ignora que las IES cumplen una función estratégica para la democracia misma. Son uno de los pocos espacios donde todavía es posible defender la idea habermasiana de que la política debe justificarse ante la razón pública y no únicamente ante la fuerza de las mayorías momentáneas. Habermas dedicó su vida intelectual a recordarnos que una sociedad democrática no se define solo por quién gobierna, sino por cómo discute su futuro.
Quizás ese sea el verdadero legado de Habermas para Colombia: recordarnos que la democracia necesita más argumentos que consignas, más deliberación que gritos y más universidad que polarización.
La integración de la acción comunicativa, la ética del discurso y la ontología estratificada permite que, desde las universidades, podamos ser verdaderos motores de transformación
Siempre he sido una abanderada de la educación pública, porque si de oportunidades se trata, la única puerta de entrada real es la educación pública gratuita