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Colombia no necesita más volumen, sino más claridad. En un ambiente polarizado, la claridad suele confundirse con agresividad: se habla como si la firmeza exigiera herir, como si tener convicciones obligara a negar la dignidad del otro. Ese desvío, cada vez más frecuente, puede describirse como daltonismo ideológico: la incapacidad de distinguir matices cuando la conversación se llena de emociones, etiquetas y bandos.
Un líder con daltonismo ideológico termina viendo el país en dos colores. Desde ahí interpreta cualquier desacuerdo como amenaza, convierte la deliberación en combate y vuelve sospechoso al contradictor. Es un atajo emocional que simplifica todo, pero que cobra caro: la polarización no se queda en la plaza pública. Entra a las organizaciones, contamina equipos, rompe confianzas y hace estéril la conversación estratégica. Y cuando eso ocurre, lo que se deteriora no es solo el clima laboral; se deteriora la capacidad misma de gobernar.
En este contexto, la pregunta no es si los empresarios y directivos debemos participar del debate público. La pregunta es cómo. La luz ilumina o enceguece. El fuego calienta o quema. De esa diferencia, que no es menor, depende si el liderazgo orienta y construye, o si alimenta pasiones que luego nadie gobierna, porque ya no se ven matices: solo bandos.
Por eso, la responsabilidad social no empieza en informes y campañas sino en la persona: en el lenguaje que elige, en la templanza que practica, en la justicia cotidiana con la que trata a otros. Y esa responsabilidad, cuando es real, se nota en decisiones concretas, especialmente en coyunturas tensas.
No menos importante son los equipos de trabajo. Conservar talento clave, evitar la parálisis y proteger la cohesión no se logra con consignas, sino con conversaciones difíciles y justas, a tiempo: decir lo que hay que decir, escuchar lo que incomoda y cuidar la confianza en medio de la presión. Y cuando el momento exige el máximo nivel de criterio, este no se terceriza: se escucha, se contrasta y, finalmente, se asume la responsabilidad de las decisiones.
El país tiene señales complejas: algunas positivas, otras inciertas. Precisamente por eso, el arte consiste en ser luz que ilumina un mejor futuro y no fuego pirómano que incendie las pasiones. Independientemente de la posición política, debe primar el respeto por el otro y la construcción conjunta. La clave es esa: construir, transformar y buscar el bien del país, empezando por lo único que cada uno gobierna de verdad: su propia manera de actuar.
En tiempos de daltonismo ideológico, la primera responsabilidad es recuperar los matices: mirar al otro sin reducirlo, discutir sin deshumanizarlo, liderar sin incendiar. Todas las personas que actúan con bondad y propósito, y en particular aquellas con influencia sobre organizaciones y comunidades, estamos llamadas a ser luz: a iluminar con criterio, a dar dirección con templanza, a sostener la esperanza sin ingenuidad. No para “ganar” conversaciones, sino para elevarlas; no para alimentar hogueras, sino para cuidar el calor humano que permite construir. Colombia no se arregla a gritos: se encamina cuando cada uno decide, en lo concreto, iluminar más de lo que quema.
Lo complejo de estas elecciones es la falta de claridad y liderazgo de la mayoría de los partidos políticos, que no cumplen con su propósito esencial y fundacional