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Malestar por la falta de movilidad social

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Núria Vilanova Fundadora ATREVIA

El año que acaba nos deja imágenes de protestas por todo el mundo: Santiago de Chile, París, Bogotá… Es difícil encontrar un origen común a esa ola de revueltas. Pero si de verdad queremos ser útiles al debate, debemos huir de actitudes paternalistas hacia los países y los ciudadanos que las han protagonizado y protagonizan. Si nos centramos en Iberoamérica, como afirma el director de Operaciones del Banco Mundial, Axel van Trotsenburg, “tras las protestas no solo hay desigualdad: hay personas excluidas del futuro” o que se sienten excluidas del futuro. Y es que el problema de fondo probablemente no es tanto la desigualdad en sí misma: es la percepción de ausencia de expectativas de progreso individual, de falta de movilidad social.

El crecimiento económico de las últimas décadas ha reducido drásticamente la pobreza extrema. Sin embargo, la igualdad de oportunidades marcada por nacimiento es aún, en muchos casos, barrera infranqueable. El último Índice de Desarrollo Humano (IDH) publicado por Naciones Unidas sitúa a Colombia en el puesto 79. Pero si cruzamos el IDH con el factor de la desigualdad, desciende hasta el puesto 95. Al igual que en otros países, desarrollo económico e igualdad de oportunidades no avanzan al mismo ritmo. Una disparidad que impulsa un descontento agravado por un desafecto sin precedentes de los ciudadanos hacia sus políticos en muchos países del planeta, y en muchas ocasiones alimentado por el fenómeno de la corrupción.

En este punto, y desde un enfoque centrado en la comunicación, debemos pensar qué podemos y debemos hacer desde las empresas para revertir esta dinámica que tiene un alto coste para todos: ciudadanos, Estados y empresas. En un mundo en transformación, empresas y empresarios tenemos que construir un discurso social coherente, sincero y creíble.

Coherente para evitar situaciones como la ocurrida en la Cumbre del Clima celebrada en Madrid, donde uno de los patrocinadores ha sido la empresa más contaminante de España, según el Observatorio de la Sostenibilidad, y que llegó a insertar anuncios desplegables en todos los medios nacionales. Una iniciativa con efecto ‘boomerang’ sobre su reputación en unas redes sociales que tienen sus propias reglas del juego.

Sincero y creíble por sus objetivos y por las acciones que lo acompañan. No prometamos aquello que no podemos cumplir: solo generaremos más frustración. Por el contrario, si nos comprometemos a cambiar nosotros mismos para contribuir a alcanzar metas compartidas transmitiremos sinceridad. Y si esa actitud la acompañamos de acciones eficaces para mejorar la realidad con la que estamos vinculados, generaremos credibilidad.

No se trata de cambiar el mundo en solitario. Se trata de recuperar la confianza en el futuro para aquellos que la perdieron, impulsando una responsabilidad social corporativa que amplíe las oportunidades de nuestra comunidad. Me refiero a crear becas para que los propios empleados cursen estudios superiores; a favorecer la modernización y competitividad del tejido productivo local o apoyar el emprendimiento para evitar la fuga de talento. Es decir, crear esas expectativas de movilidad social que están demandando los ciudadanos.

Y todo esto debemos hacerlo generando alianzas con una sociedad y con unos Estados que deben comprender que las empresas somos parte de la solución a desafíos comunes. Y a partir de ahí, construir juntos proyectos que aumenten esa confianza en el futuro que todos, incluidos los empresarios, necesitamos.

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