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Lo mejor de dos continentes

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Núria Vilanova

Mi última columna estuvo dedicada a Iberoamérica y sus empresas. Hoy, lo estará a Iberoamérica y sus personas, auténticas protagonistas del proceso de construcción de ese proyecto económico y social. Se trata de una convicción que pude constatar recientemente en el acto de homenaje al panameño Stanley Motta, galardonado en la VI edición del ‘Premio Enrique V. Iglesias al desarrollo del espacio empresarial iberoamericano’, que concede la Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica (Ceapi).

En mi intervención tuve la oportunidad de explicar por qué este premio, que reconoce ese esfuerzo y por aportación por construir un espacio común de progreso compartido, lleva el nombre de Enrique V. Iglesias. Hay muchas razones. No solo profesionales, pues ha sido un gran gestor que ha ejercido numerosas responsabilidades en toda Iberoamérica. Lo ha sido todo: ministro, presidente de bancos centrales y de inversión, presidente del BID, primer secretario general iberoamericano… Hoy, goza de un prestigio internacional, como lo reafirma el hecho de que la UE le haya nombrado asesor especial para Venezuela.

Pero, por encima del hombre público está la persona. De Enrique V. Iglesias hay que destacar su permanente disposición a arrimar el hombro y resolver problemas. Ya de pequeño, preparaba paquetitos de 400 gramos, ya fueran de café o azúcar, y los enviaba desde Uruguay a la familia que permanecía en una España que no atravesaba su mejor momento. Y ese gesto que ya realizaba de niño no lo ha dejado de hacer nunca. Porque desde entonces no ha dejado de ayudar; no ha cesado de fortalecer la solidaridad, según soplen los vientos, desde América a España o viceversa. Y no ha descansado nunca en su empeño de construir una Iberoamérica más unida y fuerte.

Y creo que esa generosidad, solidaridad, unidad y fortaleza por las que ha trabajado Enrique V. Iglesias, lejos de pasar inadvertidas, han creado escuela. En un mundo que necesita personas que inspiren y que sumen, líderes que derriben muros y ensanchen fronteras, comprobamos que hay empresarios de toda Iberoamérica que han recogido su testigo. Personas que nos impulsan a mirar el futuro con optimismo.

Una lista en la que figuran el constructor colombiano Luis Carlos Sarmiento; el empresario mexicano Valentín Díez Morodo; el empresario hispano-mexicano Plácido Arango; el argentino Alejandro Bulgheroni, presidente de la petrolera Paeg; el boliviano Enrique García, expresidente del Banco de Desarrollo de América Latina-CAF, y a la que se ha unido Stanley Motta. Todos ellos tienen en común el haber recibido el premio Enrique V. Iglesias por su contribución a la construcción del proyecto iberoamericano.

Sus vidas han estado marcadas por su vocación de tender puentes entre las dos orillas del Atlántico. Son personas que creen y trabajan por y para Iberoamérica. Emprendedores que han compartido la idea de que, con independencia del éxito o el fracaso, merece la pena abrir espacios para el encuentro y el intercambio.

Frente al desánimo por las dificultades que, desgraciadamente, afectan hoy a muchos países, no podemos renunciar a la ilusión por hacer de Iberoamérica una referencia mundial.

Basta mirar los nombres de los que aparecen en este artículo y el de otros muchos que también se podrían incluir, para tener la seguridad de que seremos capaces de lograr nuestras metas, de que lo mejor está por llegar. Ellos representan lo mejor de Iberoamérica, esa dinámica realidad resultado de la fusión de lo mejor de dos continentes.

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