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Latam en 2017 y la brújula de Lincoln

Abraham Lincoln decía que una brújula te indica dónde está el norte pero no el camino para alcanzarlo. América Latina tiene un norte muy claro: recuperar los altos índices de crecimiento para evitar que se pierda el terreno ganado desde 2002 en cuanto a reducción de la pobreza y consolidación del desarrollo. La dificultad es escoger bien el camino que hay que seguir para volver a crecer. Una ruta consiste en llevar a cabo ambiciosas reformas estructurales. Otra, esperar a que regresen los elevados precios de las materias primas para reiniciar así el círculo virtuoso. 

Este 2017, en ese sentido, es un año muy importante para la región que, tras un bienio nefasto (2015 y 2016) de decrecimiento, va a volver a crecer, aunque modestamente. Incluso, podría empezar a producirse un cierto repunte de algunas commodities. Esto puede llevar a algunos Gobiernos a considerar que la crisis ya es historia y que la bonanza de la Década Dorada (2003-2013) llama a las puertas. 

Sin embargo, agarrarse a esa idea sería dejarse engañar por un espejismo, pues para alcanzar un crecimiento sano y sostenible no hay atajos. Latam, tras la bonanza de la pasada década y la ralentización del último trienio (2013-2016), debe recuperar el pulso reformista que cimentó el progreso reciente. Las reformas, que de forma tímida ya se han iniciado en países como Colombia (fiscal), Argentina y Brasil (recorte del déficit), deben abrir el camino hacia una región más productiva y, por ende, más competitiva.

El mundo está cambiando, y lo va a seguir haciendo de forma dramática. Y los países latinoamericanos deben adaptarse a unos nuevos tiempos en los que las viejas ventajas comparativas (bajos costos laborales y materias primas) se han quedado obsoletas. Otras deben ser las apuestas, en especial, mejores infraestructuras y calidad educativa, políticas públicas que incentiven la innovación y el emprendimiento en la búsqueda de la diversificación productiva y comercial.

En lo social, 2017 es un año complejo para la región que va a estar expuesta a un incremento de las movilizaciones y las protestas. Ello va a poner a prueba la capacidad de los Gobiernos para encauzar un malestar nacido del menor crecimiento, el alza del paro, la caída del poder adquisitivo de los salarios y la desafección de las clases medias ante unos servicios públicos deficientes y una mayor presión fiscal.

Este año será, además, el del posconflicto en Colombia, país que inicia una etapa apasionante de su historia lo cual no excluye retos y no pocas dificultades. El gran éxito que ha representado la firma de la paz pasará su prueba de fuego a lo largo de los próximos años en lo tocante a financiación y sostenibilidad del proceso así como en la concreción de las ambiciosas reformas acordadas.

En cuanto a elecciones en 2017, habrá presidenciales en Ecuador, con la gran incógnita de quién será el hombre o la mujer llamados a sustituir a Correa, cuyo liderazgo ha llenado toda una década de la historia del país andino. También celebrarán comicios Honduras y, a fines de año, Chile, unas citas ante las urnas que servirán de antesala a un 2018 decisivo: elecciones presidenciales en México, Brasil, Colombia, Venezuela, Paraguay y Costa Rica. Estas citas ante las urnas definirán si la región vive o no “un giro al centroderecha” tras la victoria de Macri en Argentina (2015) y Kuczynski en Perú (2016) y si las alternativas de corte populista, al alza en el mundo, encuentran eco en la región.

En conclusión, América Latina debe tener bien clara en 2017 cuál es su meta de llegada y que para alcanzarla hay que seguir el sendero adecuado sin dejarse engañar por fáciles atajos o cantos de sirenas. Parafraseando de nuevo a Lincoln, “una brújula no nos puede advertir de los pantanos, desiertos y abismos que encon- tramos a lo largo del camino. Si al buscar nuestro destino nos lanzamos inconscientes de los obstáculos y acabamos hundiéndonos en un pantano… ¿de qué sirve saber dónde está el norte?”