Analistas 21/07/2020

Iberoamérica y Europa: un mismo camino

A medida que la pandemia del coronavirus evoluciona a distinto ritmo por los países, se confirma que el mundo post-covid será muy diferente. Pero no completamente distinto. Limitar movimientos no es el fin de la globalización Antes o después, la ciencia vencerá, y uno de los efectos de esta crisis será un avance sin precedentes en la flexibilidad del funcionamiento de las organizaciones y de los procesos productivos.

Por tanto, ganar competitividad -seamos empresas o países- será un factor esencial. Y para conseguirlo se necesita más cooperación que nunca, tanto entre los propios Estados, como entre los Estados y sus empresas.

Hace poco, en un debate del Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica (Ceapi), una autoridad económica mundial, Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo insistía en que “todo lo que estamos aprendiendo de esta crisis es que la solución pasa por más integración”. Palabras que se pueden aplicar tanto a Europa como a Iberoamérica. Porque, o salimos juntos de esta crisis o la recuperación se hará a dos velocidades, agravando desigualdades, aumentando la pobreza y alentando populismos y proteccionismos.

Insisto, solo la cooperación entre todos los actores implicados permitirá conjurar esos riesgos. Los Estados deben respaldar a sus empresas para que estas impulsen la reactivación económica y, a su vez, permitan a los propios Estados volver la estabilidad fiscal. Es un círculo que se retroalimenta.

Para ello, es necesario alinear respuestas, como han hecho muchos gobiernos, ofreciendo a las empresas avales públicos, ayudas al desempleo temporal para reducir costes o inyecciones de capital que favorezcan la actividad. Del mismo modo, las inversiones vinculadas a los procesos de reconstrucción deben impulsar la Agenda 2030 de la ONU y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, centrándose en procesos tecnológicos y transición energética. Si conseguimos que nuestras empresas ganen competitividad, una vez superada la crisis actual, cada país aumentará sus ingresos a través de un crecimiento más fuerte y sostenido, cerrando el círculo al que me refería.

No estamos ante una recesión de origen financiero, pero si no aplicamos las políticas económicas correctas, sus efectos podrían ser devastadores. Aunque cada país tiene una situación distinta, por norma general, se necesitan políticas de estímulo y no subidas de impuestos, así como que los Estados más endeudados, una vez superada la situación de emergencia social, acometan reformas estructurales.

Todo lo dicho es válido para Europa y para Iberoamérica. Ambas áreas deben evitar que todo el esfuerzo sanitario, económico, político o social para vencer al coronavirus sea en balde. Volver al mundo tal y como estaba hace un año sería un fracaso. Significaría que, ni como países ni como empresas, hemos sido capaces, gracias a esa necesaria cooperación, de potenciar la capacidad de generar empleo y riqueza mediante un desarrollo sostenible.

Y sin olvidar que cuanto mejor le vaya a Europa, mejor le ira a Iberoamérica, y viceversa. España es el mayor inversor en la región de todos los países de la Unión Europea, con un capital acumulado que supera los 120.000 millones de euros (US$137.000 millones) y que sostiene 800.000 empleos. Por su parte, España, en los últimos años, ha recibido más de 40.500 millones de euros procedentes de empresas de la región. Conocemos el camino más rápido para salir de la crisis: más integración y coordinación entre Estados, y más cooperación con los empresarios. No equivoquemos el rumbo.