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Empresas: digitalizarse o dejar de existir

Nos hallamos en plena revolución digital. Vivimos una de las mayores transformaciones en la historia de la Humanidad desde el Neolítico. La nueva economía digital trae aparejadas transformaciones políticas, culturales y socioeconómicas para nuestras sociedades en transición, que experimentan cambios y retos tan profundos, o más, que los que tuvieron lugar durante otra de las grandes Revoluciones, la Industrial. 

Latinoamérica parte con un hándicap (una brecha digital del 50% según la CAF) pero no puede permitirse el lujo de llegar tarde a la revolución digital. Además, llenar esa brecha supone excelentes oportunidades de crecimiento futuro. Las condiciones están dadas para que la región, sus ciudadanos, Estados y empresas (grandes, pequeñas y medianas), se suban a un tren que no se puede dejar ir: verlo alejarse supondría quedar fuera de los procesos de modernización, condenados a un escaso o nulo crecimiento, al estancamiento del desarrollo y restringidos a la marginalidad en el escenario global.

La flexibilidad y fácil acceso a las herramientas digitales provoca que las puertas de entrada a la economía digital no queden restringidas solo a las administraciones públicas y a las grandes empresas y a las multinacionales. La adaptación de las pequeñas y medianas empresas al nuevo ecosistema digital es vital para su propia supervivencia y su expansión en el futuro, en muchas ocasiones creando sinergias con las grandes. Estas pequeñas y medianas compañías, como el resto de la economía regional, tienen por delante similares retos que afrontar en cuanto a productividad, competitividad e internacionalización; también en lo referente a la necesidad de formación del capital humano y la mejora de las infraestructuras y la logística.  

Y en todas esas asignaturas, la digitalización es la herramienta que permite dar el salto cualitativo. Para ser más productivos y competitivos, para que se abran las puertas de los mercados internacionales, las empresas deben romper la resistencia al cambio atreviéndose a salir de su área de confort. Pueden explorar muchos caminos sin necesidad de hipotecarse de manera traumática e irreversible: desde hacer una web a abrir perfiles corporativos en Facebook o Twitter, pasando por tener una ‘app’ y desarrollar una estrategia digital más elaborada (medición de datos, SEO, SEM, implementación de sistemas de comunicación interna digital). 

Invertir en TIC, en el desarrollo del e-commerce mediante  tiendas online o utilizar la ‘nube’ no es un lujo. El lujo inadmisible es lo contrario: no recorrer el camino de la digitalización. Las pequeñas y medianas empresas tienen una ventaja al afrontar el plan de transformación digital: son más flexibles a la hora de adaptarse a los cambios y nuevas necesidades del mercado porque son mucho más ágiles que las grandes en la toma de decisiones.  

Asimismo, las empresas, para ganar en productividad y competitividad, requieren contar con un capital humano formado en innovación. El esfuerzo a realizar no es tanto el de contratar nuevos empleados, sino en transformar a los que ya se tiene, favoreciendo su digitalización. En ese aspecto, los gobiernos tienen un rol poniendo en marcha planes que favorezcan la incorporación de conocimientos, tecnologías e innovación destinadas a digitalizar los procesos productivos y a crear productos y servicios tecnológicamente avanzados y con más valor añadido. En Colombia destacan el Proyecto Nacional de Fibra Óptica, que busca cubrir 96% de los municipios y el Proyecto Nacional de Conectividad de Alta Velocidad que aspira a llevar Internet a las selvas de la Amazonía, Orinoquía y el Chocó.

El dilema para las empresas es digitalizare o dejar de existir. No hay que olvidar que, como dice la Cepal, la digitalización es “una herramienta clave para aumentar la productividad y la calidad del trabajo que generan las pyme y contribuir a reducir la desigualdad en la región, pues estas suponen actualmente 61% del empleo en Latam, pero solo representan  29 % de su PIB”.