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Colombia: mimbres de potencia turística

En la diversificación se halla una de las claves económicas y empresariales que puede contribuir a que Colombia en particular y Latinoamérica en general combatan de forma más eficaz la actual ralentización y eludan crisis futuras. La caída de los precios de las materias primas, en especial del petróleo, pero también de los minerales, ha demostrado que jugar la carta del desarrollo apostando solo por la exportación de commodities es insuficiente y peligroso. Además, la mono-producción nos hace menos competitivos, menos innovadores y desincentiva la posibilidad de impulsar otros campos en los que también un país es atractivo. 

Colombia tiene potencial no solo para generar producción y exportación con valor añadido, sino amplios espectros donde diversificarse. Uno de esos nuevos territorios es el turismo. Por supuesto, el de “sol y playa” del Caribe y el cultural (Cartagena de Indias, Bogotá o Villa de Leyva) en los que el país aún tiene amplio recorrido por transitar, pero que ya están dentro de la oferta tradicional. Pero también muchos otros y muy atractivos segmentos de esta actividad clave, llamada a ser motor de muchas economías de la región, como lo es en mi país, España.

Colombia es un país relativamente nuevo en el mercado mundial del turismo, ya que esta industria empezó a desarrollarse con fuerza hace 10 años. Pese a todo, ya ha dado muestras de las grandes potencialidades que tiene: el turismo representó 9,2% del PIB en 2015 y seguirá creciendo. La Administración espera que el sector aporte en 2016 unos US$5.200 millones, para llegar a US$6.000 millones en 2018. 

Consolidar aquello en lo que ya se es fuerte e impulsar otros nichos turísticos es clave. Uno de esas nuevas apuestas de futuro es, por ejemplo, el turismo religioso. La Asociación Mundial de Viajes Religiosos dice que anualmente el turismo religioso moviliza entre 220 y 250 millones de personas en el mundo y 18.000 millones. Y Colombia cuenta aquí con una rica oferta, bien en patrimonio inmaterial y joyas arquitectónicas: procesiones de Semana Santa en Popayán (Cauca), Semana Santa en Mompox (nacida en 1564);  Santuario de Las Lajas, en Nariño; la Catedral de Sal, en Zipaquirá; el Santuario de Monserrate en Bogotá…  

Además, la ya inminente paz abre posibilidades de convertir en turísticas zonas hasta ahora golpeadas por la violencia. Así ha nacido La Ruta de la Paz, primera apuesta turística de Colombia en territorios del norte afectados por el conflicto, que ahora buscan mejorar calidad de vida de los pobladores y atraer viajeros. La iniciativa persigue potenciar un recorrido por los municipios más representativos de la región Montes de María, que “han cambiado las lágrimas por las sonrisas”, en palabras de la directora del Instituto de Cultura y Turismo de Bolívar, Lucy Espinoza. 

Son solo dos ejemplos, pero hay muchos más sectores donde Colombia puede presentar una amplia y diversificada oferta. Una oferta que incluye ecoturismo, turismo cultural, de convenciones, médico… Desde el buceo en las aguas cristalinas del archipiélago de San Andrés al avistamiento de aves en Antioquia, pasando por los cruceros que recalan en Cartagena, el agroturismo del Eje Cafetero, los negocios y convenciones en Bogotá, Barranquilla o Medellín, la naturaleza, la gastronomía, el turismo náutico, el arqueológico, el golf y el de bodas… 

Comparto la opinión de los expertos de que Colombia, como el resto de la región, tiene pendiente un cambio de su modelo de desarrollo, que ya no puede estar basado solo en exportar materias primas. Además, en el caso colombiano el reto económico del posconflicto y las oportunidades que abre, exigirá un esfuerzo de creatividad, flexibilidad y emprendeduría. Y una forma de serlo consiste en apostar por ser potencia turística. Y aquí Colombia tiene mimbres y muy sólidos.