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Analistas 28/09/2022

¿Una antítesis de la espiritualidad?

Natalia Zuleta
Escritora y speaker

No sé ustedes, pero yo me siento agotada en ocasiones al despertar cada día con tantas noticias desoladoras sobre nuestra realidad. Vivimos en la convulsión cotidiana de un mundo que pareciera plagado de violencia, injustica y dolor. De repente las mañanas de café se convierten en tertulias interminables sobre un futuro en el que ponemos muy poca fe.

Y el trayecto entre nuestros hogares que abrigan cierto espacio de cálida contención y el trabajo como escenario aspiracional de anhelos, se torna en un desolador túnel en el que vamos poco a poco perdiendo el contacto con la esperanza de un bonito futuro. Lo sorprendente es que todos somos culpables de esta aflicción, no somos entes separados de lo que ocurre pues hacemos parte de una conciencia colectiva que cada vez más se mueve hacia una especie de locura. Nuestros pensamientos, ideas y juicios que señalan y discriminan quedan almacenados en el disco duro social que se nutre cada vez más del inconformismo y pesimismo con respecto a las cosas que suceden a nuestro alrededor.

Estamos contribuyendo a una demencia universal que aterriza con facilidad en escenarios como la política, en donde se hace tan visible la lucha de los egos. Tratando de entender este fenómeno en el que se ha convertido la política que a veces percibo como una gran tragicomedia desbordada de personajes protagónicos y extras que tratan de darle sentido a una historia que lo ha perdido. Encuentro en las muchas definiciones comúnmente aceptadas palabras como ciencia del poder, relaciones, convivencia, doctrina. Y entonces empiezo a traerlas al presente para entender si existen en la praxis. Debo confesar que me cuesta trabajo imaginar que un mundo convulsionado por la guerra, los conflictos sociales y el desgaste económico, sea producto de una ciencia pues esta requiere de devoción, rigor y organización.

Hablamos de relaciones y convivencia y lo que ocurre generalmente en un escenario político es que se convierte en un lugar de ataques y controversias que se basan más en defender posiciones e intereses personales que en buscar soluciones en colectivo a los desafíos existentes. Y por último la palabra doctrina que implica un conjunto de ideas enseñanzas o principios filosóficos, religiosos, económicos, sociales y científicos entre otros, esta doctrina sin duda es visible, pero en forma de un proselitismo que no logra convencer y armonizar sino más bien en dividir a la sociedad ya “partida” entre partidos.

A la luz de todas estas realidades acerca de la política como una praxis humana podríamos decir que en su gestión se aleja de una serie de preceptos espirituales que deberían ser sus principios rectores. Todos somos partícipes en algún momento de fuertes discusiones de opinión con respecto a lo que sucede con los políticos y la gobernanza. Las redes y los medios se nutren con un ánimo insaciable de la controversia y los feroces desacuerdos alimentan un sentimiento de caos e inconformismo. Si miramos el contexto y entendemos la política como lo que debe ser, un sistema que permita a las comunidades organizarse y avanzar, tender puentes de entendimiento y regular la convivencia, existe una enorme brecha que para mí está dada por una suerte de vacío espiritual. Los gobernantes y líderes como principales actores tienen una enorme responsabilidad de comprometerse con su evolución espiritual y con cultivar su sabiduría, pero poco o nada de eso ocurre en la política actual. El sentido de trascendencia que implica el trabajo en la política, más allá de los partidos, candidatos, votos y elecciones, es quiénes actúan en ella están llamados a cultivar cualidades espirituales como la empatía, la compasión y el amor para desde allí impactar el entorno. Se trata de poner el propósito personal y la sabiduría al servicio de los demás. El concepto japonés de ikigai que significa “impulso vital” o “razón de ser” y en donde convergen nuestra pasión, misión, vocación y profesión, proporcionaría a la arena política una mirada más sensible y comprometida, en donde el ego no tuviera lugar y se abriera el paso a una dimensión más espiritual del liderazgo.

Marianne Williamson, una de las grandes líderes espirituales del momento, dice: “El poder del camino espiritual es inconmensurable, a decir verdad, es un viaje heroico.” Es un viaje que vale la pena emprender para reinventar la política desde una dimensión más trascendente que esté por encima de los egos y que de un nuevo sentido a la buena voluntad, el compromiso y la sabiduría puestas al servicio de la humanidad. Imagino en este escenario una realidad más amigable y promisoria para todos en donde las tertulias del café de la mañana nos traigan más sosiego y menos ansiedad y en donde la política implique no sólo un compromiso con la sociedad sino con el propio camino de crecimiento espiritual.

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