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ANALISTAS 22/04/2026

La IA requiere de IE

Natalia Zuleta
Escritora y speaker
Natalia Zuleta

Me siento a escribir esta columna con la sensación de que somos, en gran medida, responsables del mundo que hemos creado. Un mundo que estresa, que confunde y que desafía constantemente nuestro sistema nervioso y, por ende, nuestra salud mental. La realidad, hoy más que nunca, supera la ficción. Y en ese escenario hemos caído en una trampa peligrosa: nos falta profundidad y criterio para habitar el presente y, con responsabilidad, construir el futuro.

En días pasados asistí a una de las tantas charlas que hoy nos asedian sobre inteligencia artificial. Salí con una sensación difícil de ignorar. La IA no solo ha democratizado el acceso al conocimiento; también ha desatado una inflación de expertos. Una sobreproducción de gurús autoproclamados que, tras ser early adopters, quedaron deslumbrados por una tecnología que, en muchos escenarios, no potencia lo humano, sino que lo diluye.

Hoy abundan quienes quieren evangelizar desde las herramientas, sin detenerse a cuestionarlas. Estamos en riesgo de automatizar nuestra capacidad crítica. Nos rodean discursos que instalan una urgencia artificial -la necesidad de adoptar todo, de aprender todo, de no quedarnos atrás- mientras erosionan algo más profundo: nuestro criterio.

No soy experta en inteligencia artificial, pero sí en hacer preguntas. Estamos ante la imperiosa necesidad de escribir un prompt ético para la IA que genere reflexiones y nos despierte de la obnubilación. Durante la charla, el llamado “gurú” hablaba a una velocidad que no dejaba espacio para pensar. Enumeraba herramientas, promesas y atajos: clonar la voz, replicar la imagen, construir identidades digitales capaces de operar sin nosotros. Todo bajo la bandera de una malentendida productividad.

Pero ¿qué pasa cuando delegamos nuestra voz? ¿Cuando tercerizamos nuestra presencia? ¿Cuando convertimos nuestra identidad en un activo replicable?

La posibilidad de clonarnos -de “ponernos” en París o en Australia, en video o en imagen- no es solo una curiosidad tecnológica. Es, en el fondo, una forma sutil de despojo: una traición a nuestra autenticidad. Perdemos la capacidad de expresarnos desde la experiencia real para empezar a operar desde una simulación eficiente.

Y lo más inquietante no es la herramienta, es el discurso que la rodea. Uno que normaliza la apropiación de identidades, que sugiere que todo puede ser manipulado -mejorado o distorsionado- y que vuelve difusos los límites entre lo real y lo ficticio. Cuando esto se traslada al mundo profesional, el problema escala. Se nos invita a convertirnos en “marca personal”, a producir contenido constante, ligero, consumible. Ideas que se venden como en un sistema de retail: rápidas y muchas veces superficiales. Somos empujados a jugar a ser creadores en una economía de lo inmediato, donde lo importante no es la profundidad sino la frecuencia.

Confieso que hay algo profundamente inquietante en esto. Me impactó, en particular, el ejemplo de un médico convertido en influencer, con un sistema automatizado que responde 24/7 a pacientes sobre su salud. Un chat que simula cercanía, criterio y acompañamiento. Todo diseñado para escalar, monetizar y optimizar. Pero ¿qué se pierde en esa transacción? La relación humana, la responsabilidad y la ética médicas.

Nos están vendiendo la idea peligrosa de que podemos delegar nuestra identidad, nuestra voz y nuestra presencia para “dedicarnos a lo importante”. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿qué es lo importante? Para mí, es no perdernos. No entregarnos. No vender nuestra autenticidad en nombre de la eficiencia. La inteligencia artificial necesita algo más que usuarios expertos. Necesita humanos conscientes. Necesita IE: inteligencia ética e inteligencia espiritual. Esa que nos permita discernir, poner límites y decidir desde la responsabilidad y la conciencia. Una que no se deje seducir por la velocidad ni por la promesa de optimización constante.

El verdadero riesgo no es que la IA piense por nosotros. Es que dejemos de pensar. Y esa conversación no puede seguir en manos de los gurús. Tiene que empezar por quienes los escuchamos, para cuestionarnos y no tragar entero.

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