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Suenan los cañones de guerra

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Para cuando usted lea esta columna, es poco probable que el conflicto comercial entre China y EE.UU. se haya resuelto. La negociación se amargó después de que todo apuntaba a que se lograría un acuerdo que incluso revertiría las alzas de aranceles efectuadas el año anterior. El cambio fue abrupto, cuando las autoridades de EE.UU. interpretaron que una negociación dura era sinónimo de falta de voluntad para lograr un acuerdo comercial que les fuera favorable. Y con ello, vinieron las alzas de aranceles a US$200 millones de exportaciones chinas.

Aunque las negociaciones continúan (seguramente se extenderán por algún tiempo más), se va sintiendo el efecto que tiene imponer restricciones al libre comercio entre las dos mayores economías del mundo.

China sentirá el impacto directo de la medida: al fin y al cabo, el envío de unas 5.700 categorías de productos a EE.UU. se encareció a partir del primer minuto del 10 de mayo. Y no obstante de quien pague finalmente el costo (posiblemente lo compartan productores chinos y consumidores y empresarios estadounidenses), disminuirá aún más la demanda de productos chinos, reduciendo el crecimiento en un 0,2% (llegando a tan solo 6,2% este año, desde 6,6% en 2018).

Con menor actividad, la demanda china por manufacturas afectará a Europa en similar magnitud (zona que se desaceleraría hasta 1%, después de crecer 1,8% el año anterior). Por supuesto que EE.UU. también sentiría el impacto, tanto porque parte de la cadena productiva se encarecerá, como por los mayores precios que deberán pagar consumidores por manufacturas chinas. Así, y a pesar del robusto crecimiento al principio de 2019, EE.UU. crecería sólo 2,4% (2,9% en 2018). Con las principales economías expandiéndose menos, el crecimiento mundial sería 0,2% menor que lo estimado antes: tan sólo 3,3%, (por debajo del año pasado).

Nuestra región no es ajena a esta realidad puesto que, salvo por México (cuyas ventas a China sólo representan 1,6% del total al cierre de 2018), las principales economías latinoamericanas están directamente expuestas a China a través del canal comercial. Chile es el país más dependiente de China, con 34% de sus exportaciones, lo que equivale a un 8,5% de su producto interno bruto, que tienen como destino el gigante asiático. Perú, otro exportador de metales industriales principalmente, le sigue de cerca, pues China concentra el 27% de sus exportaciones (5,9% del PIB).

Tan expuesto a China como los dos anteriores es Brasil (29% de sus exportaciones van a ese país), aunque su matriz de productos es algo más diversa e incluye soya, petróleo y mineral del hierro. Mientras tanto, Uruguay (con 20% de exportaciones dirigidas a China; 2,7% del PIB) y Argentina (de donde China se lleva el 7,3% de las ventas al exterior; 0,9% del PIB) envían productos animales y alimentos (soya). Colombia, en cambio, está más expuesta a EE.UU. (25,4% de las exportaciones) que a China (10,2%).

El escalamiento de la guerra comercial afecta las perspectivas de crecimiento de la región. De hecho, el débil final del año pasado seguramente ya recogió la moderación en actividad mundial producto del escalamiento comercial. Y si el final de la disputa comercial no es uno feliz (China anunció medidas de retaliación y el presidente Trump ya amenazó con subir aranceles hasta 25% a otros US$ 325 mil millones de envíos chinos) podríamos ver una actividad más deprimida aún en el mundo y la región.

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