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Pueden leer esta columna como una reflexión, una explicación, una rectificación o, incluso, una ratificación de aquella en la que hablé de silenciar al presidente Petro. Lo cierto es que, más allá de las interpretaciones equivocadas, resulta difícil justificar a quienes decidieron entender ese llamado desde la distorsión o la mala fe, apropiándose de un concepto que, paradójicamente, ha marcado el estilo de este gobierno: silenciar, ignorar, desconocer, no escuchar.
Presidente, probablemente los nombres de Emilio López, Nicolás Pacheco, Angélica Pacheco y Antonio José Pacheco no le dicen nada. Porque usted los silenció. Son niños y jóvenes que llevan más de un año esperando el regreso de sus padres, agentes del CTI secuestrados. Antonio José tiene apenas siete años. No solo viven con el vacío provocado por la ausencia de sus padres, sino también con la impotencia de sentirse ignorados por el Gobierno, relegados a un rincón donde el dolor no parece tener eco.
Hablemos de Diana Ospina, una mujer que perdió a su hijo, un joven soldado, en un atentado ocurrido en Guaviare hace un año. Anderson tenía poco más que Antonella, su hija, presidente. Era joven y tenía tantos sueños que no alcanzó a empezar a cumplir. Como ella, hay madres de soldados y policías asesinados en Antioquia, Arauca, Cauca y Nariño. No buscan explicaciones complejas ni discursos grandilocuentes. Esperan algo más básico: sentirse acompañadas. Saber que su dolor importa. Que las escuchan. Que no han sido silenciadas.
Hay silencios que también se construyen en medio de la negación. La crisis de la salud dejó historias que nunca debieron ocurrir. Michel Meléndez tenía 24 años y murió mientras esperaba una autorización médica. Jeisson Javier Pinzón, de apenas 20, falleció a la espera de un medicamento oncológico. También está el caso del pequeño Kevin, cuya madre no solo cargó con su tragedia, sino que además fue expuesta al juicio público, como si el dolor tuviera que ser defendido.
Otra historia que no fue escuchada es la de Martha Sánchez, una abuela que hipotecó su casa para intentar sostener el crédito educativo de su nieta cuando las condiciones del Icetex cambiaron y las cuentas se hicieron insostenibles. Sueños que se aplazan, se rompen y se silencian.
Porque, en medio del ruido, de los enfrentamientos con las instituciones, de los discursos que polarizan y de las narrativas que distraen, se fueron levantando cortinas de humo. Se diluyeron escándalos que exigen respuestas, como los de la Ungrd. Se perdió de vista la expansión de grupos al margen de la ley, que hoy tienen presencia en más de 800 municipios. Se normalizaron tragedias como las 70 masacres y el asesinato de 83 líderes sociales. Y, sin ir más lejos, se esquivaron responsabilidades políticas frente a hechos que estremecieron al país, como el magnicidio de Miguel Uribe.
Tal vez el problema nunca fue el silencio en sí mismo, sino a quién se le impone. Porque mientras el poder habla, hay quienes siguen esperando ser escuchados. Y cuando un país decide, por acción u omisión, no oír a quienes sufren, no solo pierde la empatía: pierde el rumbo.
Silenciar el ruido no es callar la democracia. Es, por el contrario, abrir espacio para lo esencial. Para esas voces que no gritan, pero resisten. Para esas historias que no buscan protagonismo, pero sí dignidad.
No se trata solamente de ganar las batallas política y económica, sino también las batallas cultural y del lenguaje, con el propósito de recuperar lo perdido y construir un país mejor
Debemos conseguir que nuestro mensaje pueda ser comprendido, verificado y correctamente sintetizado por los agentes de IA
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