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Mario Alejandro Valencia
Es difícil encontrar en la doctrina económica un disparate peor que el presupuesto de la Nación presentado por el gobierno de Colombia. Están haciendo malabarismos para tratar de explicar lo inexplicable. Ningún ministro se puso de acuerdo para tratar de justificar lo que está haciendo el ministro de Hacienda, y el director del Departamento Nacional de Planeación no ha explicado por qué se reduce la inversión cuando el artículo 350 de la Constitución lo prohíbe.
Es evidente que el país arrastra unos retos económicos enormes, incluyendo los fiscales, resultado de su propia estructura construida en décadas. Una economía en donde la producción existe a pesar del Estado, la productividad es bajísima y la dependencia externa en materias primas es altísima. Pero el país no puede quedarse con el retrovisor eternamente. Es lo que está pasando en EE.UU., mientras China ya les lleva décadas de ventaja científica y tecnológica. Como dice Ted Lasso: “hay una razón por la que el espejo retrovisor es más pequeño que el parabrisas”.
Por eso toca cuestionar al futuro al que están llevando a la economía. Los números son de una irracionalidad superlativa. La nueva deuda es 2,7 veces más alta que la inversión, que cae al mismo tiempo que el gobierno reduce sus ingresos. Es decir, se endeuda al país para reducir la inversión. El próximo año el país tendrá que salir a colocar $238 billones en deuda, con tasas de interés creciendo en todo el planeta, todo por la obstinación de no proponer una reforma tributaria que reduzca -al menos- una parte de los $128 billones anuales en beneficios tributarios sin justificar y -al menos- una parte de los $100 billones anuales en evasión.
Es absolutamente evidente que no tienen el más mínimo interés en buscar una fórmula sensata para lograr el progreso nacional. El único propósito es hacer desaparecer al Estado de la ecuación, no importa si se llevan por delante al aparato productivo, si retrocedemos en energías alternativas y si el déficit en cuenta corriente se vuelve insostenible. La derecha política, que ovaciona al ministro cuando dice: “es necesario que el país debata si realmente es necesario atar todos los gastos a la Constitución”, debería saber que esa misma Constitución establece que Colombia es un Estado Social de Derecho, no un Estado libertario.
Este es un Frankenstein económico armado por lo peor de la crisis de deuda de América Latina de la década de 1980, la recesión de finales de la década de 1990, el ajuste fiscal y el recorte de los derechos sociales de la década de 2000 y los nuevos ajustes que recorren el continente para embargar el futuro de las naciones a unos cuantos negociantes. El Frankenstein que están armando, a diferencia del personaje literario, no tiene ni un atisbo de sentimiento, ni de racionalidad.
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