MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
Muchas veces, controvertir los postulados más asentados de la ortodoxia económica pasa por retar la hegemonía cultural que se basa en una distinción de clase social. El mercado es el mejor mecanismo para la asignación de recursos, sí; lo es para una clase social poseedora de los medios de producción, patriarcal, además, que se apropia del valor socialmente generado mediante la comercialización de mercancías, pero, siguiendo a Joseph Stiglitz, no lo es para las poblaciones en las regiones, a las cuales el mercado no les puede garantizar necesidades básicas como agua potable o vías de acceso, ni tampoco para las mujeres de clase trabajadora, a quienes el mercado todos los días les obliga, de una u otra manera, a negociar su dignidad.
Como la ciencia se hace desde la hegemonía, responde a las necesidades de la clase hegemónica, aprehendiendo falazmente la verdad, pues, por el contrario, en las ciencias sociales y económicas todas las verdades son necesariamente verdades en disputa. Negar esto sería negar que la historia avanza y progresa, y por fortuna eso no es verdad.
En nuestro país, otro elemento defendido hasta el cansancio por la ortodoxia económica ha sido la independencia casi total del Banco de la República. No se pueden negar las bondades provenientes de esta independencia. Mientras que, por ejemplo, el inti peruano y el cruceiro brasileño se acababan por completo, el peso colombiano sobrevivió a las crisis monetarias generalizadas en América Latina de finales del siglo XX, y esto fue, en buena parte, producto de esta condición: una institución nacional, rectora de la política monetaria, dispuesta a la defensa de nuestra estabilidad económica.
Pero, hilando más fino, tampoco se puede negar el carácter de instrumentalización inherente a esta institución, incluso desde su génesis: nuestro banco fue fundado hacia inicios del siglo XX como parte de la Misión Kemmerer, estrategia integrada por una serie de expertos, dueños de la ciencia y, por tanto, de la verdad, provenientes del gobierno estadounidense, con el objetivo último -o con la agenda oculta- de permear las economías de sus siempre menospreciados vecinos del sur.
Y aquí aparecen las tasas de interés, las cuales bien pueden entenderse como un instrumento legítimo del banco central para garantizar la “seguridad económica”: para anticipar una probable presión inflacionaria, se opta por aumentar las tasas. Pero este se convierte también en el instrumento de una institución funcional a la gran banca global, ligada a poderes neocoloniales, para avasallar las economías de los países del sur global, condenarlas a actividades primarias o extractivistas con poco valor agregado, como consecuencia de bajos niveles de industrialización, ensanchar la deuda del gobierno de manera directa y la de la población económicamente activa de manera indirecta, vía el encaje bancario, y, en últimas, condenarnos al subdesarrollo.
No un Banco de la República, sino un banco en la República.
El economista heterodoxo Ha-Joon Chang, especialista en economía del desarrollo, se hizo mundialmente famoso con su libro Patada a la escalera: la verdadera historia del libre comercio. En este describe la historia del libre comercio desde una perspectiva alternativa a la predominante en el llamado consenso de Washington, conforme a la cual la mejor estrategia por la que se puede decantar un país para generar riqueza es eliminar las barreras arancelarias y abrirse al mercado mundial.
Chang utiliza la “patada a la escalera” como una analogía para describir cómo el libre comercio profesado por las grandes potencias era un discurso con doble agenda: una vez subida la escalera por los países del norte global, proceden a patearla, negando el ascenso prometido y condenando a los del sur global al subdesarrollo.
¿Y si, así como se establece en lo que respecta a la política comercial, también sucede con la política monetaria? ¿Y si el modelo bancario y la economía monetaria que nos señalaron como el camino del desarrollo termina siendo, en últimas, solo otra escalera pateada?
Es un deber nacional reflexionar sobre esto: sobre el rol, las decisiones y las motivaciones del Banco de la República.
Las organizaciones compiten, interna y externamente, por algo profundamente limitado: la capacidad humana de concentrarse. Este fenómeno, conocido como economía de la atención, está redefiniendo la productividad
He visto acuerdos bien estructurados venirse abajo en pocos meses y otros, imperfectos en el papel, funcionar durante años. La diferencia no suele estar en el contrato, sino en cómo se manejan tres dimensiones que muchas veces se subestiman: las personas, la confianza y la estructura
En la última década, vemos un preocupante debilitamiento de la separación de poderes, con particular amenaza sobre el eslabón de la Rama Judicial. Baste con analizar la estrategia Trump 2.0, profundizando el debilitamiento de los “frenos judiciales”