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Por un país más allá del efectivo

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En Colombia, 90% de las transacciones se hacen en efectivo. Aunque para muchas personas pagar en efectivo puede parecer más cómodo y económico, en realidad, el uso del efectivo es más complicado y costoso, no solo para los individuos sino para el comercio y las sociedades en general. Los costos del efectivo son inmensos y quien los asume realmente es el consumidor final en el precio de los bienes y servicios. Un costo adicional que debe asumir el ciudadano común es que el efectivo es menos seguro que otros medios de pago y es más difícil de controlar. En cambio, los medios de pago electrónicos facilitan las compras y las hacen más seguras y rápidas.

Para los comercios el uso del efectivo también es más costoso que otros medios de pago. Por ejemplo, estos deben pagarle a una empresa para que traslade su efectivo y asumir el desembolso por la seguridad. Además, el uso de los camiones blindados añade un gasto extra a la sociedad por el aumento del tráfico en las ciudades y la contaminación que representan. Un millón de billetes pesa más de una tonelada, de manera que trasladar el efectivo implica grandes costos.

En general el uso del efectivo alienta la economía informal y con esto la ilegalidad, ya que las transacciones que no quedan registradas no se pueden rastrear. El uso del efectivo, incluyendo únicamente los costos directos que tiene como la emisión y resguardo de billetes, puede tener un valor cercano a 2% del PIB de los países, según cifras de MasterCard.

Un estudio del Banco Mundial en el que se califica a los países según la facilidad para realizar negocio, establece que  hay una relación directa entre la dificultad de hacer negocios y la preferencia por el efectivo en diferentes países. En los países con mayores dificultades para desarrollar actividades comerciales hay una mayor prevalencia al efectivo.

No basta con fomentar los pagos electrónicos, es igualmente importante crear todo un ecosistema financiero para llevar a cabo esta transición. Por ejemplo,  se debe hacer un esfuerzo para formalizar las pequeñas y medianas empresas que son clave como motor económico, ya que su formalización tendría un impacto enorme en el desarrollo de todo el sistema financiero. Otro elemento a tener en cuenta es apoyar el desarrollo de la infraestructura tecnológica para que entidades y comercios puedan recibir tarjetas y pagos electrónicos.

Resulta fundamental que este proceso de migración del efectivo a pagos electrónicos vaya de la mano con la educación financiera, la cual es esencial para que la población pueda hacer un buen uso de los productos y servicios financieros, y que cuente con las herramientas requeridas para evaluar por sí misma las implicaciones de sus decisiones. De acuerdo con la Comisión Europea, la educación financiera implica tres elementos: el primero, adquirir conocimientos y comprensión sobre finanzas; el segundo, adquirir la capacidad de utilizar esos conocimientos en beneficio propio, y, tercero, ejercer una responsabilidad financiera  que  permita una toma de decisiones bien informadas.

La transición de nuestro país hacia un modelo sin efectivo requiere una comprensión de la realidad local; esta es una  gigantesca tarea que necesita aunar los esfuerzos de muchos actores y sectores como el gobierno, las entidades bancarias y financieras y la academia. El esfuerzo que acompaña a un modelo social con un sistema de pago sin uso del efectivo, no tiene precio pues implica más comodidad y seguridad para los consumidores, mayor productividad para los negocios y mayor inclusión financiera.

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