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Un tiro en el pie

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Tras meses de negociación la Unión Europea celebró haber pactado con Grecia un paquete de rescate. Triunfó la justicia, perdió la economía. Los alemanes, que mandan la parada europea, sostienen que Grecia debe pagar por su mal comportamiento que incluye haber gastado por encima de sus posibilidades y además mentido durante años sobre sus cifras fiscales. ¿Cómo así, se preguntan los alemanes, que al necio del curso lo vamos a premiar? ¿Cómo así que le vamos a permitir no pagar una parte de lo que debe, parte de lo que se parrandeó a nuestras espaldas? Además, argumentan, premiar la necedad la vuelve contagiosa; si perdonan la deuda griega vendrán más adelante otros con la misma exigencia.

Con esa posición sobre la mesa llegaron los europeos a negociar nuevas condiciones para un tercer rescate griego en cinco años. El espacio para negociar tuvo por lo menos dos inamovibles europeos: el pacto debía ser uno en el que Grecia pague toda la deuda y además los griegos debían aceptar reformas y supervisión europea para asegurarse de que no vuelva a parrandearse los recursos. Todo esto suena apropiado y apela a nuestro sentido de justicia: el que la hace la paga y además debe tomar lecciones extras para enmendar su camino. 

El problema es que esa lógica justiciera riñe con la realidad económica griega. Las condiciones de austeridad pactadas sumirán a Grecia en más años de recesión y la deuda como porcentaje de la actividad económica seguirá subiendo. En poco tiempo-los más pesimistas creen que en cuestión de meses-volveremos al punto de partida en el sentido en que los griegos anunciarán que no pueden pagar las obligaciones adquiridas. En el camino éstas habrán crecido a la par con el sufrimiento de la población griega. 

A ese puerto, el del impago de las obligaciones griegas, llegaremos próximamente. La pregunta es qué tipo de turbulencias habrá en el camino. Tspiras terminó capitulando y aceptando condiciones más onerosas que las que el pueblo griego había rechazado en un referendo unos días antes. La traición a la voluntad popular, expresada en un referendo que él mismo había convocado, hacen lucir frágil la estabilidad de su gobierno.  Para completar, los griegos están en medio de un corralito que impone estrictas restricciones al retiro de efectivo del sector financiero. Sería iluso creer que en medio de más apretones fiscales, una traición a la voluntad popular, un corralito financiero, la injerencia de otros países en las decisiones griegas, un dantesco programa de privatizaciones para pagar a acreedores externos y un rumbo hacia el impago de la deuda, la gente se quedará tranquila es sus casas viendo las noticias. 

Había otros caminos. Una renegociación de la deuda que implicara algún recorte de la misma y le diera aire a Grecia para volver a crecer era el evidente. O un aplazamiento de sus obligaciones para el largo plazo-30 años como lo propuso el FMI (sí, el FMI quería condiciones más laxas para el rescate, unas que pusieran en primera línea la recuperación de su economía y en segunda el pago de las deudas). Pero para avanzar por esos caminos los europeos habrían tenido que deprenderse de la armadura justiciera y calzarse la pragmática.

Los griegos pagarán por la incompetencia de sus líderes como lo querían los europeos. Lo paradójico es que los europeos mismos pagarán por la incompetencia de los suyos que vestidos de justicieros se pegaron un tiro en pie. Europa ahora cojea; quizás, más adelante, caiga.
 

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