Analistas

Relojes blandos

Corría el año 1931. Salvador Dalí, el famoso artista catalán que en ese entonces tenía 27 años, exhibió en París su famoso cuadro “La persistencia de la Memoria” también conocido como “Los relojes blandos”. El fondo del cuadro es un paisaje cerca de Port Lligat con el atardecer de un cielo confundiéndose con el mar. De una mesa sale un olivo seco con una sola rama rota y sin hojas sosteniendo uno de cuatro relojes del cuadro. Éste pende tristemente de la rama, doblado por la mitad, dando la impresión de estarse escurriendo. En la mesa hay dos relojes más, uno duro y otro blando, y este último parece derretirse inexorablemente. 

El suelo luce como su destino próximo. Finalmente, sobre una especie de cabeza blanda con pestañas echada en el suelo, cabalga el último reloj del cuadro. De nuevo, este reloj es blando y se dobla como una gelatina sobre la cabeza. El reloj rígido puesto boca abajo es el único que no deja ver la hora; los demás señalan que son cerca de las seis. Diría Dalí, preguntado sobre los relojes blandos que aparecerían en varios de sus cuadros: “Lo mismo que me sorprende que un oficinista de banco nunca se haya comido un cheque, asimismo me asombra que nunca antes de mí, a ningún otro pintor se le ocurriese pintar un reloj blando”.

Los relojes con sus horas no del todo sincronizadas nos hablan de la relatividad de tiempo. Que sean blandos nos remite al tiempo que se nos escapa, como las memorias, entre nuestros dedos. 

Esa imagen de los relojes y su tiempo que se escurre inexorablemente como un queso camembert es la que se me viene a la mente una y otra vez tras los resultados del plebiscito de la semana pasada. La ventana por la que iba a entrar el acuerdo entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc se cerró con esas votaciones. Quedó una rendija abierta para tratar de llegar a unos acuerdos que cuenten con mayor respaldo. La rendija se amplió brevemente con el soplido de aire fresco que representó el Nobel de Paz para el presidente Santos. Pero el tiempo es ahora un enemigo inexorable del proceso. Cada día que pasa es uno más en que tentamos al cese al fuego. 

Cada día que pasa es uno más en que la guerrilla puede decidir que no hay espacio para un acuerdo y regresar a sus trincheras. O peor aún, cada día que pasa nos acercamos más a la posibilidad de que la guerrilla se disuelva en bandas criminales y los jefes terminen firmando un acuerdo que aplicará a unos pocos. 

El balón así muchos crean que está en el campo de los dirigentes del No, está manos del Presidente. Deberá durante algunos días oír los argumentos de la oposición. Intentará aterrizarlos en el acuerdo; tomará algunas propuestas, dejará otras e irá a La Habana a negociarlas. Mientras tanto, los estudiantes y la sociedad civil seguirán marchando en silencio, acampando, cantando o gritando. 

Con sus manos extendidas clamando por un acuerdo parecerán tratar de impedir que los relojes blandos caigan como las memorias que evocaba Dalí. Esas manos empoderan al Presidente y ayudan a que logre impulsar con celeridad un acuerdo aceptable para una porción mayor de la población. Pero si los relojes terminan de escurrirse esas manos no podrán recogerlos. Y a diferencia de Dalí que decía que “si muero, no moriré del todo”, el proceso sí habrá muerto del todo y le dejará todo el protagonismo al olivo seco y sin hojas en el que pocos se fijan cuando tiene un reloj blando colgado de su única rama.