Analistas

Eclipse

La preocupación macroeconómica más relevante en Colombia tras la caída en los precios de los bienes primarios en 2014 fue el déficit en la cuenta corriente que coqueteó con un peligroso 6% del PIB. Las consecuencias que habría tenido sobre nuestra economía la llegada de algún evento adverso que forzara a la economía colombiana a hacer un ajuste súbito de ese tamaño habrían sido catastróficas. Esa alarma ha ido atenuándose y los números actuales en ese frente ya no preocupan. 

Pero a medida que esa luz roja se ha ido atenuando se han ido prendiendo otras, más difusas, que empiezan a formar un panorama con incertidumbres, con indicadores que preocupan y diagnósticos incompletos sobre sus causas. En fin, cuando parecía que se acababa el periodo que el Gobierno había llamado “ajuste ordenado”, el panorama en pocas semanas se ha ensombrecido. Los optimistas lo inscribimos en la categoría de eclipse. Pero hay que estar atentos y habrá que esperar más datos para afinar el diagnóstico.

El primer indicador que llama la atención es el de la cartera morosa del sector financiero. A marzo de este año, reportado como porcentaje de la cartera total, los créditos morosos alcanzaron 4%. Hay que remontarse al final de segundo gobierno de Uribe para encontrar cifras de 4% o más en cartera morosa. El número por sí solo no es preocupante pero la tendencia y que sea el más alto en siete años debe tenernos en guardia.

Luego está el dato del PIB del primer trimestre de 2017. La economía se expandió en 1,1% lo que significa que en términos per cápita prácticamente no hubo expansión. Ese crecimiento es el más magro que hemos visto en el primer trimestre desde hace quince años: hay que remontarse al final del gobierno de Pastrana para ver resultados inferiores. Un estancamiento del PIB per cápita preocupa en la medida en que refleja los ingresos agregados de los hogares en el país. La oleada de paros con diferentes disfraces puede al final estar impulsada por esa sensación de estancamiento de los hogares. 

Paralelamente, el ambiente internacional se ha deteriorado significativamente en las últimas semanas. En Estados Unidos los mercados dejaron de apostar por el tamaño de la reducción en impuestos a hacerlo por la probabilidad de que el presidente Trump termine enjuiciado en el Congreso. En Brasil, la que parecía una transición presidencial estable tras la destitución de Dilma degeneró en otra ronda de acusaciones de corrupción ahora sobre el presidente Temer que le hacen tambalear. Venezuela no parece encontrar fondo y México, la otra economía grande de América Latina, lidia con la amenaza de la renegociación de su tratado de comercio con Estados Unidos y un ajuste a la nueva realidad petrolera que no terminan de hacer.  Nuestras propias sombras de marras aderezadas por la inestabilidad política en la economía más grande del planeta y la más importante de Suramérica, y los problemas de México y Venezuela, forman un panorama muy complejo. 

Ese descontento que se percibe en Colombia y las perspectivas descritas son, en medio de un año electoral, un fértil caldo de cultivo para las malas ideas, las recetas equivocadas, las revocatorias y las promesas grandilocuentes. El triunfo de alguno o varios de los elementos del caldo podría convertir el eclipse en una larga noche.