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Déjà vu argentino

El informe de política monetaria de abril de 2018 del Banco Central de la República Argentina da un parte de tranquilidad en el frente cambiario: “no se prevén depreciaciones significativas del peso debido a los fundamentos macroeconómicos y la propia acción del Banco Central”.

Tres semanas más tarde, el peso argentino ha caído 10% y el presidente Macri inició conversaciones con el FMI de cara a facilitar el financiamiento del plan de ajuste macroeconómico. La movida tiene sus riesgos. Los argentinos tienen fresca la catástrofe económica de 2001 y los gobiernos de los Kirchner trabajaron exitosamente en demonizar al FMI. Acudir al FMI tiene costos políticos y constituye una admisión de que hay una crisis en marcha.

El ajuste iniciado por Macri está lleno de complejidades. Encontró las cuentas fiscales descuadernadas, el país sin acceso al mercado financiero internacional tras el impago de la deuda a comienzos de siglo, el gasto público parcialmente financiado con los ahorros pensionales, con las reservas internacionales y con transferencias del Banco Central, la inflación rondando el 40% y las estadísticas oficiales de ese dato falsificadas.

Por el lado monetario, el ajuste atacó varios frentes. Permitió la flotación cambiaria tras años de controles y el Banco adoptó un esquema de metas de inflación utilizando la tasa de interés como instrumento. El esquema de metas lo aprovechó para anunciar la senda de desinflación esperada tras sincerar las cifras oficiales de inflación. Para darle credibilidad, publicó cómo se iría reduciendo paulatinamente el financiamiento monetario del déficit fiscal y empezó a rendir cuentas con informes de política monetaria. Las mermadas reservas internacionales que rondaban los US$25.000 millones, ahora superan los US$60.000 millones.

Cambiar las fuentes de financiamiento del gasto público significó un aumento en el endeudamiento. Por ejemplo, la deuda externa como porcentaje del PIB se ha trepado 10 puntos porcentuales desde la llegada de Macri. Por el lado monetario el traspié comenzó en diciembre pasado cuando el Banco, viendo la terquedad inflacionaria y temeroso de las consecuencias de forzar un ajuste demasiado veloz, aumentó en 5% las metas que había anunciado anteriormente. En enero redujo la tasa de interés argumentando que ese relajamiento era coherente con las nuevas metas.

El aplazamiento de los objetivos en diciembre y el relajamiento de enero hicieron dudar al mercado del compromiso inflacionario del Emisor y empezó la presión cambiaria que desencadenó inicialmente ventas de cerca de US$2.500 millones de reservas internacionales. Ante la persistencia de presiones cambiarias, el Banco que había bajado las tasas de interés al 27,25% en enero, las subió en dos tandas hasta alcanzar el 40%, quince puntos por encima de la inflación.

La clave argentina radica en lograr un acuerdo veloz con el FMI que apuntale el camino y la credibilidad del ajuste y permita relajar la política monetaria rápidamente. No es sostenible económica ni políticamente defender el tipo de cambio durante mucho tiempo con tasas de interés reales de 15%. La película en la que el Emisor defiende el tipo de cambio con descomunales aumentos en las tasas de interés ya la vimos en Colombia a finales de los noventa y terminó en la peor crisis local en más de medio siglo.