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¿Qué nos dice la tasa de cambio?

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La tasa de cambio no es solo el resultado de la política monetaria sino de también la política de estado y hoy, desgraciadamente, se nos ha vuelto el caballito de batalla de particulares que presionan en los medios con el fin de que el Banco de la República tome medidas para influenciarla.

A dicha tasa se achacan muchos de nuestros males, tales como que la revaluación no permite a nuestros exportadores competir en los mercados foráneos porque sube los costos de producción en la moneda del mercado a conquistar y que le facilita a los foráneos competir por el mercado colombiano, teniendo en cuenta que el país ha estado disminuyendo sus aranceles por medio de la firma de varios TLC.  Se argumenta que la revaluación golpea negativamente el empleo y la competitividad.

La evidencia demuestra que en teoría estas conjeturas son ciertas. De enero del 2003 a la fecha la tasa ha pasado de 2970 a 1990 pesos por dólar equivalente a una revaluación real del 50% basada en los precios al consumidor para los productores de bienes y servicios no convencionales. Para compensar esta revaluación los exportadores han tenido que duplicar su productividad con el fin de mantener su competitividad.

Sin embargo, de 2003 a 2014 las importaciones colombianas siguen representando el 15% del PIB y las exportaciones pasaron de 14% a 17% del PIB, demostrando que el efecto de la revaluación real no se ha visto en la balanza comercial donde nuestros productores de bienes y servicios no tradicionales compiten exitosamente.

En contraposición la revaluación tiene varios efectos positivos significativos como mantener la inflación bajo control, ya que los productos y servicios importados ponen presión competitiva sobre los nacionales y, más importante, ha generado riqueza a todos los colombianos que han visto su patrimonio valorizarse en dólares. Es la consecuencia de la mejora del país como destino de inversión y del incremento de su productividad medida en el crecimiento del PIB.

La ruta para mejorar la competitividad del país, sus empresas y el empleo no pasa por el atajo de la política monetaria sino por lo fundamental: el incremento de eficacia y potencial de atracción de inversión de nuestra economía. En tal sentido, lo que necesitamos es que controlemos el aumento en los impuestos y disminuyamos el gasto público -lo cual dicho sea sería un gran avance-, sino que garanticemos que los proyectos que se emprendan con dineros públicos tengan un retorno apropiado.

En épocas de devaluación de la moneda, Colombia tiene muchísimos campos en los cuales mejorar, como la lucha contra la corrupción y la mermelada y el control del gasto de funcionamiento en rubros como la auto publicidad y demás actividades que benefician más a los funcionarios de turno que al Estado. Además de lo anterior el gobierno de turno debe realizar inversiones en proyectos de alto retorno para todos los colombianos: construir infraestructura, modernizar la justicia,  poner a producir rentablemente los activos como los baldíos y, cerrar las venas abiertas de las demandas al Estado que terminamos pagando todos los colombianos, entre muchos otros. 

Lo que pide el país a gritos es una administración eficaz inspirada en lo político y lo social pero con una ejecución empresarial enfocada en hacer que los recursos disponibles de la nación -mano de obra, recursos naturales, infraestructura- se estructuren y rindan lo más eficaz y equitativamente para los colombianos.

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