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Por una Colombia no devaluada

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Mucho se ha comentado sobre las causas de la devaluación del peso colombiano. En resumen, la enorme caída de los precios de los bienes básicos aunada a la recuperación económica de los Estados Unidos y la disminución en el crecimiento de la economía china han generado una depreciación del peso colombiano de 60% frente al dólar, 40% frente al euro y una apreciación de 40% frente al real en los últimos cinco años. Sin embargo, pocos analistas se atreven a predecir las consecuencias que tendrá la devaluación en la realidad económica del país.

El primer impacto significativo que tendrá la devaluación es el deterioro de las finanzas públicas. Los  principales efectos que impactan la salud financiera de la Nación son la caída de sus ingresos de las exportaciones de bienes básicos y el incremento sustancial del servicio de la deuda en moneda local. El problema es que esta vez no estamos tan preparados. La deuda externa de la Nación creció un 12% anual de 2010 a 2014 a US$86.000 millones, un cambio de tendencia preocupante con respecto al crecimiento ajustado al del producto interno bruto que se mantuvo de 2002 a 2010. Con un gasto público que no cae y las concesiones onerosas entregadas a sectores privados como el agropecuario, la carga fiscal se ha trasladado a las empresas que hoy tributan alrededor de 60% de lo que generan y a la clase media asalariada que cada vez paga más impuestos debido a la reciente reforma tributaria.

El segundo impacto de la devaluación será la moderación de la inversión extranjera y de la repatriación de capitales por parte de los inversionistas colombianos. La probable continuación de la pérdida de valor del peso hace del país un destino de inversión más riesgoso, lo cual se está viendo reflejado en los flujos de capital a pesar del concepto generalizado entre los analistas de que la mayor parte de la devaluación ya pasó. Los flujos de capital del extranjero caerán también debido a que la creciente carga fiscal a la iniciativa privada hace menos atractiva la inversión en el país.

El tercer impacto significativo tiene que ver con la inflación, indicador reconocido como el impuesto a los pobres. Según un estudio de 2008 avalado por el Banco de la República, una devaluación de 10% del peso genera una inflación de 2,82%, lo cual aplicado a la devaluación del último año podría generar en el corto plazo una inflación promedio de 10%. Esta inflación no será pareja en todos los sectores por lo que se verán perjudicados los consumidores de productos y servicios con insumos provenientes de los Estados Unidos, Europa y China que no tengan competencia de proveedores de países cuya moneda se devaluó, como los granos, los automóviles y los productos de lujo.

Con una inflación rampante y una menor inversión en el sector productivo el crecimiento de la economía en los próximos años debería moderarse, impactando negativamente los indicadores de desempleo, la capacidad de compra de los colombianos y los precios de los activos ubicados en el país como la finca raíz.

El único mitigante a esta infortunada situación lo tiene el gobierno, por medio de recortes significativos al gasto público de funcionamiento, abundante inversión pública en infraestructura y estímulos tributarios a la generación de nueva actividad productiva y empleos. Es hora de que los criterios de eficiencia administrativa de los estadistas pasen por encima de las consideraciones políticas y se reenfoque la economía del país.
 

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