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Analistas 26/08/2026

Niños, niñas y niñes

Los primeros cañonazos de la guerra cultural declarada por el presidente De la Espriella han sido disparados desde el Icbf.

Hace algunos días se expidió una circular donde se le pide a los colaboradores de la entidad que se apeguen a las instrucciones de la Real Academia de la Lengua y se refieran a la “niñez” o utilicen el masculino genérico “niños” en vez de utilizar el muy chavista “niñas y niños”. Valga decir que la indignación con el acto administrativo que prohíbe el inconveniente y estéticamente obtuso desdoblamiento del género ha sido absoluta. Esta instrucción ha movilizado a las huestes del wokismo progre más que, digamos, las depredaciones de un nuevo Garavito o el robo del PAE en La Guajira. La furia, sin embargo, no debería dirigirse sobre una funcionaria que lo único que está haciendo es regresar al sentido común gramatical. Si alguien se siente ultrajado, que dirija su ira sobre la práctica, ya normalizada, de machacar el idioma para imponer una visión ideológica.

El desdoblamiento del género en la conversación y en la documentación oficial no es tan inocente como parece. Sus defensores argumentan que se trata simplemente de “visibilizar” a algunos segmentos poblacionales tradicionalmente marginados, pero eso acaba siendo una excusa floja. Cuando se escarba más a fondo sobre los motivos para emprender estos enrevesados malabares gramaticales se encuentra que la explicación está en los supuestos “abusos del patriarcado” o en las desgracias del “capitalismo rentista”. En otras palabras: la doble mención del género es en realidad un caballo de Troya para impulsar causas políticas que nada tienen que ver con el bienestar de los niños.

Todo el problema se origina en las filosofías posmodernistas francesas que les enseñaron a generaciones de estudiantes universitarios que la verdad objetiva no existe y que todo lo que nos rodea es un constructo social al servicio de quienes detentan el poder. Esto, obviamente, es basura. Forma parte de lo que Roger Scruton llamó la “gran máquina parisina de disparates”.

En Colombia, donde solemos estar a la penúltima moda, todavía no sabemos que buena parte de este absurdo intelectual ha sido revaluado. El wokismo, que es una de sus más perniciosas manifestaciones, ha muerto. Lo mató su propia insensatez. Sus excesos y banalidad lo asfixiaron. Pero fue su lucha cuerpo a cuerpo con la realidad lo que propició la herida mortal. Afirmaciones como la relatividad del género chocan con la evidencia material: los seres humanos solo tienen dos géneros, el masculino y el femenino. Ninguno es un “constructo social”, como afirma con imbecilidad palpable el dogma posmoderno.

Durante un tiempo estuvimos a punto de comernos el cuento wokista (algunos magistrados de la Corte Constitucional, de hecho, se lo comieron todito: ¿qué me dicen de la locura de la “justicia espacial interespecies”?). Valiente la decisión de la directora del Icbf de tomar este toro por los cachos. El regreso a la cordura no se logra de un día para otro, pero la gramática es un buen lugar para comenzar.

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