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Elon Musk lo volvió a decir con una claridad que incomoda. En julio de 2026 señaló que la tasa de natalidad que se publica en Occidente es un promedio engañoso: alrededor de 90% de la población tiene una fertilidad cercana a la mitad de la tasa de reemplazo, mientras que apenas un 10% tiene el doble. El número que aparece en las estadísticas esconde una realidad mucho más profunda: en pocas generaciones, el grupo con mayor natalidad termina dominando demográficamente. “La demografía es destino”, resume.
No es la primera vez que lo advierte, pero en julio de 2026 lo conectó de manera más explícita con la historia. Según Musk, la baja natalidad provocada por largos periodos de prosperidad y por la ausencia de amenazas externas reales ha sido una de las causas principales del colapso de civilizaciones poderosas. Roma es el ejemplo más citado. Tuvo alta natalidad cuando enfrentaba a Cartago y la vio caer pocas generaciones después de haber eliminado a su último gran rival. Los senadores romanos discutieron el problema cientos de veces e intentaron solucionarlo con incentivos fiscales e incluso con castigos. No funcionó.
El patrón se repite. Cuando una sociedad se siente segura y materialmente cómoda, la voluntad de tener hijos tiende a debilitarse. No es solo un tema económico. Es cultural y existencial.
Colombia no está exenta. Según el Dane, en 2025 se registraron 433.678 nacimientos, una caída de 4,5% frente a 2024. La tasa global de fecundidad se ubicó en apenas 1,0 hijo por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo (2,1). Hace apenas una década, en 2015, esa tasa era de 1,7. En ciudades como Bogotá y en departamentos como Caldas y Nariño ya se sitúa por debajo de 0,9. Estamos hablando de una de las caídas más rápidas de América Latina.
Yo no puedo mirar estos números con distancia académica. Soy padre de dos hijas. Vivo en una Bogotá que envejece más rápido de lo que admite. He dedicado parte de mi vida pública a pensar en el futuro del país -en el deporte, en la educación, en la construcción de tejido social- y cada vez me resulta más evidente que sin niños no hay futuro que construir. Un país que deja de reproducirse, o que lo hace a tasas muy desiguales entre sus grupos, cambia de carácter en pocas décadas. Cambia su capacidad de innovar, de sostener sus sistemas de protección social y, en última instancia, de proyectarse como sociedad.
Ignorar el tema o reducirlo a un promedio estadístico es un lujo peligroso. La demografía no es una variable más. Determina la sostenibilidad de casi todo lo demás.
Musk no ofrece soluciones mágicas. Su mensaje es más bien un llamado de atención: la prosperidad sin sentido de futuro puede convertirse, paradójicamente, en una amenaza existencial. La historia ya lo demostró. La pregunta es si estamos dispuestos a mirar el problema de frente antes de que el promedio nos engañe por completo.
El cambio económico es que puede reducir de forma radical el costo, el tiempo y el talento necesarios para tareas que antes requerían especialistas