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La batalla por Bogotá

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Faltan casi dos meses para definir el próximo Alcalde de Bogotá y como es usual las encuestas empiezan a perfilar los favoritos. No es muy útil a esta altura especular sobre quién ganará y quién no. Todavía hay muchos indecisos y cualquier predicción es superflua. Sin embargo, hay algunos temas que van a determinar el resultado electoral y el futuro de la ciudad.

El primero es el mito que Bogotá es una ciudad de izquierda. No es cierto. En general, el votante bogotano es un elector de centro. De hecho, aunque votó por candidatos como Lucho y como Moreno -los más moderados de su parche-, en las elecciones presidenciales favoreció a candidatos uribistas.
Lo que me lleva al segundo punto. El fenómeno más relevante de la política electoral bogotana es la fragmentación del voto. A pesar de sus ínfulas caudillistas, Petro fue elegido por una minoría de los electores (32%) y nunca su popularidad logró superar este umbral. Cuatro años después, Peñalosa fue elegido por una cifra similar (33%). La última vez que un candidato obtuvo más del 50% de los votos fue en 1994, en la primera elección de Mockus, y desde ese entonces los mandatos se han venido reduciendo.

Esto significa que los burgomaestres bogotanos son elegidos con una mayoría abrumadora de votos en contra -en las dos últimas elecciones, de dos terceras partes-. A esto se le suma la ausencia de mayorías en el cabildo distrital, lo que resulta en alcaldes sin mandato, acompañados de un concejo que, en el mejor de los casos, es indiferente. Y si, además, hay ausencia de una visión compartida de ciudad, que se sustituye por microagendas de gobierno, ya tenemos la receta perfecta para la ingobernabilidad.

Este último punto, el de las microagendas, es la consecuencia de la insuficiencia de mandato. Para elegirse basta con apelar a los intereses minúsculos de grupos de interés cada vez más radicales. Por eso, los programas de gobierno están plagados de prebendas, contradictorias en sí, que buscan hablarles a los diferentes nichos electorales. La política Lgbti, a la cual hay que irle sumando letras hasta agotar las del alfabeto, es un buen ejemplo. Pero también está el alcahueteo a los evangélicos, que resulta en candidatos bautizados media docena de veces en un número igual de iglesias de garaje. Y qué decir de la política animalista, que persigue a cuatro banderilleros varados, mientras se dan discursos en las galleras populares de la ciudad.

La iniciativa de la segunda vuelta para elección de Alcalde de Bogotá, recientemente aprobada, es un paso en la dirección correcta. Pero no es suficiente. Qué bueno sería que en las semanas que faltan los candidatos nos digan qué piensan hacer en materia de infraestructura, para que se mejore la movilidad, o cómo hacer a Bogotá más competitiva, para generar empleo, o cuál es la política de seguridad, para que haya menos crimen. Esto es lo importante y no gastar tiempo explicando cómo la prohibición de los pitillos de plástico sirve para combatir el calentamiento global.

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