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Analistas 27/07/2022

En el lugar equivocado

Consternación, por decir lo menos, ha generado en la derecha criolla la designación de Iván Velásquez como nuevo ministro de Defensa. Es, para entendernos, como si Duque en su momento hubiera nombrado a José Félix Lafaurie como Alto Comisionado para la Paz, o a Paloma Valencia como embajadora en Cuba: una verdadera provocación.

El doctor Velásquez tiene, sin duda, altas cualidades personales y profesionales. Es, para empezar, un valiente. Ejerció como procurador de derechos humanos en el Medellín de Pablo Escobar, cuando el capo mandaba matar policías por deporte (400 solamente en el mes de enero de 1990) y sobrevivió.

También es competente. Como magistrado auxiliar fue determinante en las investigaciones de la parapolítica. Resultó que la Corte Suprema tenía toda la razón sobre la magnitud del condumio entre políticos y narcos. Ya Mancuso lo había confesado en su momento: en 2002, 35% del Congreso fue elegido por los paras y, gracias al trabajo de Velásquez y de los magistrados, -que llevó a la confesión de la mayoría de los involucrados- se confirmó que en efecto era así.

Después vino el episodio de Guatemala, que probó que era, por lo menos, persistente. Al mando de la Comisión contra la Impunidad, la Cicig, enfiló baterías contra políticos y empresarios de ese país centroamericano con tal obsesión que acabó arrestando al hijo del Presidente, lo que provocó su exilio a El Salvador, a donde llegó con una maleta “y ropa para una semana”, según reportes de prensa.

Y ahora será el ministro de Defensa de Petro. Sectores de izquierda han aplaudido la designación con la idea de que su fanatismo de alguna forma elevará el nivel moral y operativo de la fuerza pública. Esto es una equivocación mayúscula. La metodología de Velásquez en su lucha contra la corrupción es reminiscente a la aplicada por el cruzado francés Simón de Monfort en la persecución de los herejes cátaros: “matadlos a todos que Dios reconocerá a los suyos”. Lo último que necesitan las fuerzas militares y de policía en estos momentos es una purga estalinista que arruine la poca moral que conservan después de cuatro años de desastroso liderazgo civil.

El castigo al asesinato de líderes sociales, la protección de las libertades sexuales de mujeres, el cuidado de los menores, el respeto por las comunidades indígenas, la erradicación de los cultivos de uso ilícito y, en general, la “paz total” que este nuevo gobierno pretende es imposible sin una fuerza pública motivada. Estos problemas no son solo producto de unas energías abstractas e impersonales -el capitalismo neoliberal, el patriarcado, el clasismo, el racismo, o cualquier otro ismo- que conspiran en contra de la redención de los pueblos, como afirma el dogma petrista. Al contrario, son usualmente causados por intereses criminales que se combaten como se combaten los criminales, con policías, jueces y cárceles. Pretender lo contrario es de una ingenuidad pasmosa.

El doctor Velásquez en ese sentido se encontrará en el lugar equivocado: persiguiendo policías y soldados mientras los bandidos, corruptos y mafiosos seguirán en la impunidad.

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