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Analistas 28/05/2025

Cambalache

Lo decía el tango: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualado. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”.

Es “Cambalache” de Enrique Santos Discépolo, escrito en 1934, pero bien podría aplicar a la Colombia de hoy.

Hasta la palabra con todas sus letras fue usada por el representante del Pacto Histórico, David Racero, para describir la operación de cambis-cambeo entre la Vicepresidencia de Positiva y la Subdirección de Informática y Desarrollo de Colombia Compra Eficiente. “Vale mucho, marica”, le explicó Racero a su interlocutor, Stalin Ballesteros, el entonces director de la entidad, “es la dirección que maneja el Secop”. Y le reiteró enfáticamente: es la de “todos los favores de todas las entidades, marica”.

Valga decir que actualmente en las librerías colombianas se encuentra dentro de las novedades editoriales un libro del representante Racero que se titula “Reset: cómo cambiar la política sin morir en el intento” y aparece en la portada una reproducción de una esfinge de un emperador romano a punto de blandir una espada. La ironía no puede ser más aguda. El autor, que promete cambiar las costumbres políticas, ha sido sorprendido realizando el más repugnante cambalache burocrático para apropiarse del sistema de transparencia contractual del Estado colombiano. Para hacerle, en sus palabras, “todos los favores de todas las entidades, marica”, gesto de generosidad que, supone uno, no será a cambio de palmaditas en la espalda.

Además, y como si lo anterior fuera poco, a Racero también se le pilló en una descarada negociación para la contratación de un empleado donde le proponía trabajar 13 horas diarias, 6 días a la semana -lo que suma 78 horas semanales- sin prestaciones sociales. Todo por la módica suma de un $1 millón, es decir, menos que el salario mínimo. Esto de por sí sería una vergüenza, pero es peor si se le suma el hecho de que Racero acabó siendo uno de los abanderados del Gobierno para promover una reforma laboral cuyo objetivo, alegan, es acabar con las prácticas esclavistas de la oligarquía.

Pero volviendo al tango, “vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo, todos manoseados”. Con una fracción de los escándalos que carga Racero, en otras épocas hubiera renunciado por vergüenza o por decisión de alguien. Ahora le justifican el descaro. Los entes de control no se pronuncian. Sus copartidarios improvisan explicaciones cada vez más ridículas. A nadie parece importarle. Racero se explica con un comunicado donde dice que todo es una maniobra para sabotear al Gobierno. El Presidente desvía la atención con su retórica incendiaria. “Es lo mismo el que labura, noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley”, nos lo recordó Santos Discépolo. Así fue en el 510 y en 2025 también.

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