MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
Appas, Zappas, Ateas, Etis, Tecam, etc. Toda una sopa de letras cuyo único propósito es limitar los derechos de propiedad y cercenar la autonomía territorial con el pretexto de la seguridad alimentaria.
El galimatías fue el invento de la exministra de Agricultura de Petro, la doctora Martha Carvajalino. Buena abogada, sí; ideóloga de la izquierda dura, también. Su pasado agrarista radical, quizás, viene por asociación: es la sobrina del exmiembro del Estado Mayor de las Farc, alias Andrés París.
La celebrada sopa de letras es una manifestación más del agrarismo anacrónico de una parte significativa de la intelligentsia colombiana. Burgueses urbanos que nunca han tocado un azadón y que desde el Iepri y demás torres de cristal académicas han construido elaboradas teorías para atribuir no solo la violencia, sino todos los males de la sociedad colombiana a la tenencia de la tierra.
Es lo que podríamos llamar “campesinismo”, la idea bucólica de que el paraíso perdido está en el minifundio de pan coger y que todo se jodió, como diría Zavalita en la novela de Vargas Llosa, cuando el liberalismo decimonónico liquidó los ejidos coloniales. De allí en adelante todo fue en bajada: vinieron las guerras civiles, el atraso económico, el desplazamiento a las ciudades, la exclusión social y La Violencia, con mayúsculas y sin ellas.
Esto es una fantasía de la gauche caviar, por supuesto. El tema agrario gozó de importancia en la primera parte del siglo XX, cuando 80% de la población colombiana vivía en el campo y los avances sanitarios dispararon el crecimiento demográfico. Repartir de alguna manera la tierra era imprescindible para evitar la migración a las ciudades y la desafección del campesinado. Estados Unidos volvió la reforma agraria un instrumento central en su arsenal anticomunista.
Hoy en día la proporción es inversa: 80% de los colombianos viven en zonas urbanas. La migración del campo a la ciudad fue inevitable y ocurrió en todo el mundo. En las ciudades simplemente hay más oportunidades y se vive mejor. Es una tontería insistir en que la piedra angular de la actual problemática social colombiana es el tema agrario. Para empezar, nunca fue la causa de las violencias. La causa de la violencia de los años cuarenta para acá han sido los políticos, primero los liberales y los conservadores hasta 1958 y luego los comunistas.
La sopa de letras de la exministra Carvajalino no asegura la soberanía alimentaria, sino que congela el uso de la tierra para destinarla a fines subóptimos. Sembrar cubios donde se puede construir vivienda popular de calidad es un despropósito. Prohibir, por ejemplo, la minería de tierras raras -que son la vanguardia tecnológica- para criar tres chanchos no tiene justificación alguna.
Enhorabuena, el gobierno de Abelardo ha tomado la importante decisión de derogar la sopa de letras. Las limitaciones al uso de la tierra solo pueden ser excepcionales, proporcionadas y deben estar adecuadamente motivadas, como dice la Constitución. No más Appas. Son monumentos a la pobreza. Colombia será un país mejor sin ellas.
Una inversión vale también por lo que obliga a hacer después. Tiene eslabonamientos hacia atrás cuando crea demanda de insumos e induce a producirlos localmente. Los tiene hacia adelante cuando lo que produce permite desarrollar otras actividades
A pesar de las presiones del gobierno, el Banco de la República mantuvo su independencia y procedió de manera técnica, sin dejar que los momentos políticos del Ejecutivo determinaran su gestión.
La democracia permite tramitar conflictos sobre impuestos, salarios y servicios públicos sin destruir los incentivos para producir. Su eficacia depende de libertades civiles, controles al poder, representación y capacidad de corregir decisione