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Analistas 11/05/2021

Resetear a Colombia

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor asociado de la Universidad Eafit

Largos días de manifestaciones, paro, varios tipos de violencia y reacciones desmedidas por parte de la fuerza pública y de otras diversas fuerzas que resultan poco diáfanas en medio de los acontecimientos en los que Colombia se ha visto envuelta, resumen la foto de una nación golpeada, aunque todavía con fuerza para recomponerse del marcado revés. En medio de las trágicas consecuencias de una pandemia que sigue sin dar tregua, al gobierno colombiano se le ocurrió pasar, a como diera lugar, una reforma tributaria que, desde antes de presentarse, auguraba reacciones claramente negativas.

Así fue como un gobierno sordo, empecinado en atentar contra lo poco que queda del ingreso promedio de los nacionales colombianos que todavía cuentan con trabajo (aunque éste sea informal), labró su rumbo. La reacción en todas las ciudades, municipios, pueblos y barrios del país ha sido contundente. Pero no es solo un pronunciamiento en contra del proyecto de ley que al final naufragó, sino por una acumulación de impotencia, rabia y desazón al ver que por más décadas que transcurren, Colombia sigue siendo el mismo país desigual, violento, corrupto y usufructuado por unas élites que no escatiman esfuerzo alguno para aferrarse al poder de cualquier modo posible. Sin embargo, ante este panorama también está una realidad que podría catalogarse de inédita, y que se relaciona con el rol de la juventud frente a las posibilidades de cambio. A pesar de las fuerzas negativas (e indescifrables en diversos casos), que buscan impedir que los jóvenes del país se pronuncien, estos lo han hecho, y lo seguirán haciendo hasta que se propongan nuevos escenarios favorables al futuro de la sociedad, pero sobre todo promisorios de mejores condiciones y acompañamiento, tanto en lo relativo a la inserción en procesos formativos y educativos de largo aliento, como en lo concerniente a su participación directa en el sistema productivo nacional.

No se está ante un tema meramente económico. Si bien resulta ser de la mayor importancia el análisis y la toma de decisiones frente a cómo se replantearán los ingresos del Estado para avanzar en la contención de los problemas generados por la pandemia, en realidad esto va mucho más allá. Expresándolo coloquialmente, la estabilización sólo va a ser posible si se logra resetear a Colombia, desde sus estructuras de poder, dando siempre prelación al Estado de derecho, la defensa de los derechos humanos y una interacción amplia, plural, incluyente y pensada a partir de las diversas posiciones expuestas por la ciudadanía.

Ejemplos de cómo se debe actuar antes de que la situación se torne más crítica hay diversos. Máxime, en América Latina, una región en la que -hasta ahora-, los colombianos se mantenían como los más tolerantes y receptivos. Sin embargo, ahora no hay más opción que abrir la puerta a la conversación nacional incluyente. De lo contrario le va a ser muy complicado, no solo al gobierno nacional, sino incluso a los locales y departamentales, superar los niveles de inconformidad que hoy se evidencian.

Así, quiérase o no, lo relacionado con el proceso de negociación con la otrora guerrilla de las Farc tiene que estar sobre la mesa y el gobierno tiene que aceptar que es un tema del orden nacional que no puede seguir manipulando como ha sido denunciado con frecuencia por múltiples sectores. Además, el diálogo que se proponga tiene que contemplar el fortalecimiento democrático institucional, la redefinición de políticas públicas en materia de salud y educación, la claridad meridiana de lo que representa el liberalismo en materia política, y la concertación sobre los temas fiscales, considerando que la tributación no debe impactar privilegiadamente a algunos sectores sino contar con la participación directa de todos, de acuerdo con la posición que ocupan. Un diálogo abierto, incluyente y transparente, se convierte con facilidad en una solución expedita.