martes, 21 de enero de 2020

Más columnas de este autor Luis Fernando Vargas-Alzate

Las relaciones internacionales de Colombia, tanto económicas como diplomáticas y políticas, siguen siendo tradicionales. Los nexos del país con actores globales conservan una tendencia que, en muchos casos, se definió más de tres generaciones atrás. Sin embargo, aún no se toma ventaja de lo que podría ser la maduración de un diálogo bilateral con algunos de esos Estados y sociedades.

Tal es el caso de Canadá. Los años 50 del siglo XX fueron el contexto en el cual Colombia y dicho país acordaron un compromiso diplomático bilateral. A pesar de los casi 70 años transcurridos y de los relativos avances, todavía no se logra un aprovechamiento pleno del diálogo colombo-canadiense.
Para la época citada, durante la administración del presidente conservador Ospina Pérez (Colombia) y el primer ministro liberal St. Laurent (Canadá), se dio comienzo a una relación duradera, aunque no tan dinámica en las primeras décadas.

Los primeros 40 años de diálogo bilateral fueron notablemente estáticos. Sólo con las reformas estructurales de los 90 y con las negociaciones de diferentes acuerdos, tanto bilaterales como multilaterales, se pudo observar mayor dinamismo y fluidez en la relación bilateral.

El punto culminante o de maduración de la interacción colombo-canadiense se dio con la negociación y posterior puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio entre las dos naciones (2011). A ello se agrega el papel del gobierno canadiense en lo relativo a los diálogos y negociación del acuerdo para la finalización del conflicto, entre el Estado colombiano y la otrora guerrilla de las Farc. Habiendo más aspectos por considerar, estos dos que se citan son los que se llevan la atención de estas líneas.

En primer lugar, el análisis de las relaciones comerciales refleja un todavía lento (bajo) aprovechamiento, tanto del acuerdo citado, como de otros previos y posteriores al mismo. Si bien se ha presentado una evolución interesante en las ventas del mercado colombiano hacia el canadiense (en 2010, las exportaciones estuvieron poco más arriba de los US$532 millones, mientras que en 2018 -último año con datos consolidados-, las ventas alcanzaron los US$865 millones), la realidad es que resulta ser un aumento muy bajo al referenciar que el promedio de compras del país del norte es de US$450.000 millones por año.

El comportamiento de las exportaciones es realmente débil.
En relación con los flujos de inversión extranjera directa de canadienses en Colombia, salvo en 2016 (año en que la cifra fue de US$2.188 millones a causa de la compra de la mayoría accionaria de Isagen por parte de Brookfield), en ningún caso superó la cifra de US$440 millones por año, hasta 2018, cuando se presentó un alza importante en la materia. Ese aumento se ha mantenido hasta hoy, por lo que, a diferencia del tema comercial, el de inversiones sí ha sido dinámico para los canadienses, quienes han empezado a entender ese aspecto en su favor. Esto último, está ligado con el segundo tema que analizan estas líneas.

Contrario al tema comercial, el papel de Canadá en el posconflicto ha sido clave, interesante y altamente efectivo. En no pocas ocasiones se ha escuchado al embajador Lebleu referirse al compromiso que tiene su país con el posconflicto en Colombia. Incluso, no ha sido únicamente el gobierno el que se ha interesado en apoyar dicho proceso, sino también algunas ONG y actores relevantes del sector privado.

Sin duda, la identificación de valores y principios entre las dos naciones ha favorecido este punto de manera notoria.
Como se ha visto, aspectos aún relegados se contrastan con otros muy positivos en materia de resultados. Ante este escenario, es preciso indicar que todavía sigue sin lograrse el máximo provecho de la relación bilateral con Canadá. El diálogo se encuentra bien en inversiones de capital, muy bien en cooperación de doble vía, pero bastante débil en lo que respecta al intercambio comercial.