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La responsabilidad para con la paz

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La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento, así reza el artículo 22 de la Constitución Nacional. Y bajo esta sombrilla es necesario que el país continúe en la consolidación de la paz y la convivencia. No se trata solamente del respeto de los acuerdos firmados con la guerrilla, sino una perspectiva de nación. Un horizonte que debe inspirarnos y dinamizarnos para consolidar a Colombia como la casa común donde todos podamos vivir y encontrar oportunidades de desarrollo integral.

La paz es un proceso largo, la construcción del tejido social que genere confianza entre todos los colombianos y colombianas no se logra de la noche a la mañana. Y no se trata de un objetivo de gobierno, sino, como la Constitución lo señala, debe ser una política de Estado, que obedece a algo más allá de un precepto, a un anhelo ciudadano de vivir tranquilamente y poder contar con las condiciones de posibilidad para vivir. Por ello, es una seria responsabilidad de todos mantenernos en un modo pro paz.

Mucho hemos adelantado en Colombia en las últimas décadas para asegurar una paz estructural y duradera, pero todavía nos falta mucho por consolidar y recorrer. Hemos dado pasos significativos, uno de los mayores es el haber puesto fin al conflicto armado con una de las guerrillas más antiguas del mundo e intentar completar ese propósito con los otros actores de la guerra, para cerrar el conflicto armado interno más antiguo del hemisferio occidental.

Y es en este momento que debemos ser muy realistas sobre los peligros, incertidumbres, indefiniciones y amenazas que se ciernen sobre este sueño de vivir sin guerra.

Juegan con fuego quienes, en el debate político, inflaman la discusión con odios y llamados a la muerte, a la supresión, la negación e invisibilización del adversario; esa polarización, no solo puede producir un efecto boomerang en forma de ingobernabilidad futura, sino que el odio y la violencia sembrados en la campaña, se perpetúa en el ejercicio cotidiano de la acción política y ciudadana.

Después de la guerra, tratar de derrotar al adversario en todos los campos, es parte del libreto, según los estudios de paz; la negociación, es una extensión de la confrontación; e incluso la transición puede ser muy dura, su dureza es directamente proporcional a la intensidad del conflicto armado vivido. No podemos jugar a que falle el proceso de paz, se corre el riesgo de sembrar las semillas de un nuevo ciclo de violencia; ciclo que sería más duro, más degradado y más destructivo; las partes en conflicto deben recordar que las trampas, las cartas guardadas debajo de la mesa, son la peor estrategia si quieren hacer valer en la vida social y política sus intereses. Recordemos el viejo adagio: “siembra vientos y cosecharas tempestades”.

Finalmente, creer que el esfuerzo para acabar con los grupos armados y la violencia política directa es suficiente (paz negativa, como dicen los expertos), es un grave error; es necesario avanzar de manera significativa en la erradicación de la violencia social, económica, especialmente en los territorios más destruidos por la confrontación armada (la paz positiva). Muchos de los territorios, antiguos teatros de guerra, hoy son los escenarios donde campean nuevos actores armados, alimentados por las mafias de la coca, marihuana, minería criminal; nuevos actores de la guerra que crecen, motivados por la ineficacia del Estado y la inconsciencia y pasividad de la Sociedad.
Vivimos un momento histórico definitivo, estamos en medio de una transición, con toda su carga de riesgo y de posibilidad; donde los peligros, incertidumbres, indefiniciones y amenazas están al orden del día; ojalá tengamos la grandeza y la capacidad, especialmente como sociedad, para no permitir que un nuevo ciclo de violencia nos marque nuestro futuro inmediato y sea la herencia que les dejamos a las nuevas generaciones.

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