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Analistas 02/06/2026

La IA y el alma humana

Luis Felipe Gómez Restrepo
Profesor Universidad Javeriana Cali

En una época fascinada por la velocidad, la automatización y el poder de los datos, el papa León XIV ha publicado una encíclica, Magnifica Humanitas, que llega como una voz de serenidad y advertencia. No se trata de un rechazo a lo tecnológico ni de una condena a la inteligencia artificial. El problema aparece cuando comenzamos a creer que todo lo técnicamente posible es también humanamente conveniente. La nueva encíclica plantea una pregunta decisiva: ¿la tecnología está al servicio del ser humano o el ser humano termina sometido a la lógica de la tecnología?

El papa reitera el riesgo de un “paradigma tecnocrático”, que había denunciado el papa Francisco, donde las decisiones comienzan a definirse exclusivamente por la eficiencia, la rentabilidad y el cálculo. En ese modelo, la persona corre el peligro de convertirse en dato, consumidor o perfil estadístico. Y precisamente allí la encíclica levanta una defensa de la dignidad humana.

La inteligencia artificial puede procesar millones de datos y aprender patrones complejos, pero no posee conciencia moral, empatía ni capacidad de amar. Puede simular conversaciones, pero no conoce el sufrimiento, la esperanza o el sentido del sacrificio. La humanidad no se reduce a información procesable. Existe una dimensión espiritual, afectiva y relacional que ninguna máquina podrá reemplazar.

Uno de los llamados más fuertes del documento tiene que ver con la libertad humana. León XIV advierte que estamos entrando en una época donde los algoritmos no solo observan nuestros comportamientos, sino que comienzan a dirigirlos silenciosamente. El papa denuncia una “arquitectura de la visibilidad”: un sistema donde solo parece existir aquello que logra imponerse en el flujo digital. Detrás de la aparente libertad de las redes, se esconde muchas veces una sofisticada ingeniería de la atención diseñada para influirnos y volvernos previsibles. Cuando los comportamientos humanos pueden perfilarse, anticiparse y orientarse mediante algoritmos, aparece una nueva forma de poder: menos visible que la censura clásica, pero quizás más profunda.

La gran amenaza no es solamente tecnológica; es humana. Una sociedad acostumbrada a recibir respuestas instantáneas y contenidos diseñados para confirmar prejuicios puede ir perdiendo lentamente la capacidad de pensar críticamente y de tomar decisiones verdaderamente libres. El ser humano termina creyéndose autónomo mientras otros moldean discretamente sus preferencias y emociones.

Por eso resulta tan valiosa la insistencia de la encíclica en la educación y en la escuela como espacios donde todavía se aprende a preguntar, debatir y buscar la verdad. León XIV incluso habla de un “ayuno de IA”. En medio de máquinas que responden todo instantáneamente, la humanidad necesita recuperar el silencio, la conversación auténtica y la reflexión personal.

Al final, el debate sobre la inteligencia artificial no es simplemente técnico. Es una discusión sobre el tipo de humanidad que queremos preservar. Porque el verdadero progreso no consiste en construir máquinas más inteligentes que las personas, sino en defender la libertad interior y la dignidad irrepetible de cada ser humano frente a cualquier forma de dominación tecnológica.

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