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En este tiempo al frente de Colsubsidio he visto transformarse muchas cosas en el mundo empresarial: la tecnología, los mercados y la forma en que las organizaciones compiten.
Pero uno de los cambios más profundos ha ocurrido en algo menos visible: la relación entre las personas y quienes las lideran.
Durante mucho tiempo, el liderazgo empresarial descansó en una idea simple: el cargo otorgaba autoridad. Quien tomaba decisiones estaba arriba en el organigrama y el resto de la organización las ejecutaba. Sin preguntas. Sin conversación. La jerarquía era el argumento.
Ese modelo funcionó durante décadas. Pero hoy enfrenta un cambio silencioso. No porque el trabajo haya dejado de ser una necesidad. En países como Colombia, para millones de personas tener empleo sigue siendo, ante todo, una condición para vivir con estabilidad. Eso no ha cambiado.
Lo que sí cambió es otra cosa: la disposición a tolerar lo que no debería tolerarse.
Hoy un trabajador observa. Y reconoce, con claridad, la diferencia entre liderazgos que escuchan y liderazgos que simplemente ordenan; entre empresas que hablan de valores en sus paredes y empresas que los viven en sus decisiones; entre lugares donde siente que su trabajo importa y lugares donde solo cumple un horario.
Ese cambio ha vuelto más exigente el ejercicio del liderazgo. Hoy la autoridad sigue siendo importante, pero cada vez pesa más otro factor: la coherencia. No es otra cosa que la base para generar confianza. Una confianza que no se declara, sino que se evidencia en las decisiones cotidianas, especialmente en aquellas que se toman cuando nadie está mirando.
Por eso, el desafío de muchas empresas hoy no es únicamente atraer talento. Es construir cultura.
La inteligencia artificial va a transformar el trabajo de maneras que apenas empezamos a entender y adoptar. Va a cambiar cómo contratamos, cómo organizamos equipos y cómo tomamos decisiones. Pero hay algo que ningún algoritmo va a poder reemplazar: la capacidad de un líder de estar presente en el momento difícil, de darle a alguien la certeza de que su esfuerzo tiene sentido, de construir un entorno donde las personas lleguen cada mañana con ganas de hacer algo que valga la pena, de identificar el talento y ubicarlo estratégicamente para que aporte valor real.
Porque, al final, más allá de la tecnología o de los modelos de organización, las empresas seguirán siendo lo que siempre han sido: comunidades de personas que trabajan juntas para construir algo más grande que ellas mismas. Y esa comunidad solo funciona cuando quienes la lideran inspiran, no solo instruyen.