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Tribuna Empresarial 30/11/2020

La regulación ante la innovación

Lucie Claire Vincent
Pte. Philip Morris International para el Clúster Andino

Para nadie es un secreto que la innovación es el elemento diferencial de las economías desarrolladas y gracias a ella es que se han generado, en el último siglo, importantes beneficios económicos y sociales. Sin embargo, la innovación y sus procesos asociados implican cambios abruptos en el statu quo de las Compañías y, por ende, en la forma de pensar y operar, algo que comúnmente puede sorprender a los reguladores y obliga a crear marcos regulatorios que van más allá de lo evidente debiendo considerar los futuros avances científicos y tecnológicos.

El 2020 ha sido un claro ejemplo de ello; la pandemia aceleró los procesos de cambio, adaptación e innovación, y trajo consigo avances tecnológicos a nivel global, demostrando la importancia de estar preparados y de adaptarnos a las necesidades de la coyuntura. Sin embargo, la creación de nuevos marcos regulatorios o la modificación de los ya existentes no siempre van al ritmo del pensamiento innovador, algo que sin duda es primordial para potencializar todos los beneficios y crear un entorno propenso a la evolución y transformación constante.

En particular, al hablar de la regulación, se deben tener en cuenta dos aspectos particulares. En primer lugar, la regulación debe ser capaz de adaptarse a la velocidad, la amplitud y el progreso de la innovación, en especial de los avances que permiten solucionar problemas del día a día de las personas, pero también debe lidiar con los retos de alta envergadura en salud pública, inclusión financiera y desarrollo económico. Una regulación que no es capaz de adaptarse al ritmo de la innovación genera poco a poco un estancamiento en los procesos evolutivos asociados al desarrollo.

En segundo lugar, la regulación debe promover un proceso y pensamiento innovador en todos los sectores, no solo en el privado. Ya hemos sido participes de cómo los legisladores en todo el mundo han empezado a abrir espacio a los debates necesarios, y a veces complejos, que no sólo promueven ideas innovadoras, sino también discuten la mejor manera de abordar la tecnología, para que la misma avance y contribuya efectivamente al progreso social.

Para lograr esto, es indispensable que los tomadores de decisión tengan un diálogo permanente con la industria, la ciencia y los consumidores. Una colaboración adecuada entre el sector público y privado en la construcción de políticas públicas puede generar grandes beneficios al proveer una visión compartida de oportunidades y necesidades.

Del mismo modo, el consumidor entra a jugar un rol importante, no sólo por ser a quien está destinada la innovación, sino también por ser quien busca tener acceso a información clara y fidedigna sobre bienes y servicios para así tomar una decisión informada.

Desde el uso del blockchain hasta el manejo adecuado de redes sociales, pasando por las plataformas de transporte e incluso sobre los productos alternativos que suministran nicotina sin combustión, los ojos de los usuarios están puestos sobre las normas y leyes que clarifican el funcionamiento y beneficios de estas nuevas tecnologías.

Una regulación balanceada, sensata y moderna que promueva y proteja las ideas disruptivas e innovadoras debe ser una prioridad para los tomadores de decisión. La innovación, la ciencia y la tecnología son determinantes para la reactivación económica, pero es necesario que nuestros gobernantes puedan adaptarse y promover el pensamiento innovador que este reto implica.