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Andrea empacó su vida tras aceptar un traslado laboral al Reino Unido. Dejó los gatos con sus padres, entregó el apartamento de Bogotá y voló con la certeza de que el cambio geográfico equivalía a una versión mejorada de su destino. Un año después Londres se convirtió en el inmenso espejo de una promesa rota.
El entusiasmo, la novedad y el deslumbramiento de los primeros meses se los tragó la niebla emocional. Una noche cualquiera en el baño de un bar, al que fue a divertirse con algunos compañeros de oficina, se dio cuenta que no tenía a nadie. Encerrada en ese lugar su soledad y la sensación de desamparo se le escurrieron por los ojos. Ya no pudo contener la certeza que la habitaba. Su red de afectos quedó a diez horas de vuelo.
Durante los primeros seis meses, la falta de contacto físico la sintió como una urgencia biológica insoportable. Los rituales domésticos de música, velas y exfoliación dominical iban perdiendo sus efectos y abrazarse a sí misma, como tantas veces lo hizo, no suplían el abrazo afectivo de alguno de los suyos. La soledad debe conocer todos los aeropuertos existentes.
El proceso migratorio desnudó sus duelos más íntimos. Mentalmente no necesitaba traducir a su idioma natal los pensamientos y las emociones de un proceso que disimulaba en inglés frente a quienes la rodeaban. No solo era el cambio geográfico sino los polizones que se le colaron, o que quizá no se atrevió a abandonar.
Emergió la versión que añoraba a sus padres en Bogotá, pero rehuía la idea de quedar atrapada en las rutinas familiares. Coexistía la mujer que extrañaba profundamente su país y la que, al mismo tiempo, rechazaba la posibilidad de regresar. Se cruzaban la ególatra a quien se le inflaba el pecho diciendo que trabajaba en Europa y la profesional abrumada porque a las tres de la tarde la oscuridad invernal le apagaba el cerebro.
Convivían la mujer pragmática que aceptaba la compañía de un hombre turco para no estar sola y la romántica que se derretía por él en una fiesta de reggaetón sobre el río Támesis. Cohabitaban la ejecutiva bilingüe que asumía reuniones en inglés y la que sufría en silencio al sentirse menos inteligente por no expresarse en su lengua nativa.
Apareció también la que celebraba la libertad de no ser juzgada en las calles londinenses por su cuerpo y la que aún cargaba las marcas emocionales de los juicios pasados, pero también resurgió Andrea Sarmiento. La escritora que todo lo plasmó en su libro 'Las versiones que me habitan'.
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