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Analistas 16/01/2026

¿Suerte?

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY
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Vuelvo a escribir… lo último fue “Al oído de mi mamá” para su funeral.

Vuelvo a escribir no porque tenga respuestas, sino porque el silencio ya no alcanza… me abruma.

Desde que mi mamá falleció de manera repentina, la palabra suerte se me ha quedado dando vueltas. No como concepto abstracto, sino como pregunta incómoda. ¿Qué es la suerte? ¿Es que no pasen cosas malas? ¿Es que no llegue la enfermedad, la pérdida, la muerte? ¿O es algo menos obvio y más exigente: la manera en que somos capaces de atravesar lo que llega?

Mi mamá murió sin aviso. Sin despedidas. Sin señales. Un día estaba ahí y al siguiente la encontré inconsciente. Su cerebro había sido inundado por una ráfaga de sangre provocada por un aneurisma cerebral de 22 milímetros. No hubo margen para entender, ni para negociar, ni para prepararse. Solo un hecho brutal, definitivo, categorico.

¿Eso es mala suerte?

Por estos días me hago esa pregunta casi con culpa, como si formularla fuera una traición. Mala suerte porque mi mamá se fue. Buena suerte por la mamá que me dio la vida. La pregunta parecería exigir una respuesta binaria, como si la realidad tuviera que acomodarse a categorías simples. Pero no lo hace.

Empiezo a pensar que la suerte no vive en los extremos. Que no es blanca o negra, buena o mala. Que quizá la forma en que crecimos -esa necesidad constante de clasificar, de etiquetar, de explicar- nos ha hecho creer que los eventos definen el valor de una vida, cuando en realidad lo que nos define es la relación que construimos con ellos.

No quiero pensar que perder a mi mamá así, sin aviso, sea un acto que deba llamarse mala suerte. Me niego a reducir su vida, su amor, su presencia, a la forma en que terminó. Me niego a creer que la violencia del evento borre la riqueza de todo lo que fue.

Yo soy de buena suerte.

Me considero una afortunada.

No porque no me hayan pasado cosas difíciles, sino porque tuve una madre cuya manera de estar en el mundo me sigue habitando. Porque recibí una forma de amar, de mirar, de bailar, de agradecer, que no se disuelve con la muerte. Porque incluso en el dolor soy capaz de distinguir lo que permanece.

Tal vez la suerte no sea evitar la pérdida, sino no quedar definida por ella. Tal vez sea poder sostener el duelo sin convertirlo en identidad. Tal vez sea entender que la vida no se mide por cómo termina, sino por lo que deja en quienes seguimos aquí.

No sé todavía qué significa exactamente tener buena suerte.

Pero sé que no estoy dispuesta a entregarle esa palabra al azar ni a la tragedia.

Y eso, incluso ahora, incluso en medio de esta ausencia, se siente como una forma de fortuna.

Lo digo con calma y convicción: cualquiera que sea su definición, he sido una afortunada. He conocido el amor en su forma más profunda e incondicional, y eso no desaparece.

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