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En las últimas semanas, las redes parecen girar -casi como un consenso silencioso- alrededor de un mismo punto en el tiempo: el año 2016. Fotos, playlists, recuerdos compartidos…no parece tratarse de una nostalgia individual aislada, sino de un fenómeno colectivo que llama la atención. ¿Qué tenía ese año? O, mejor aún, ¿qué nos está diciendo este gesto de mirar hacia atrás?
Desde una perspectiva empresarial, esto no es trivial. Investigaciones en el tema invitan a mirar la nostalgia no como un capricho emocional, sino como un mecanismo psicológico que se activa precisamente en contextos de estrés, incertidumbre y cambio. En el artículo “The Surprising Power of Nostalgia at Work” publicado en Harvard Business Review, los autores muestran que la nostalgia funciona como un recurso de autorregulación: ayuda a las personas a reconectar con el sentido, el propósito y los vínculos humanos cuando el presente se siente inestable.
El artículo aporta un dato clave: los recuerdos nostálgicos suelen estar ligados a deseo de colaborar y sentido de pertenencia. Cuando las personas evocan el pasado, no recuerdan métricas ni dashboards; recuerdan cómo se sentían trabajando juntas, la claridad de propósito, la sensación de avanzar con otros, como equipo. En ese sentido, la nostalgia no es evasión. Es información emocional, que puede generar motivación, foco y significado.
A través de múltiples estudios, investigadores han concluido que la nostalgia aumenta la creatividad, la apertura mental y la inspiración. Más aún, la describen como un recurso existencial: una herramienta que las personas usan, de manera natural, para recuperar la motivación necesaria para seguir avanzando.
Si llevamos esto al fenómeno de 2016, el punto se vuelve más claro. Tal vez no estamos idealizando un año en particular, sino reaccionando a un presente que se siente fragmentado. Un mundo con más ruido y menos espacios de sentido compartido.
Esta reflexión se vuelve especialmente relevante para líderes y empresas. La nostalgia no es el problema. Las organizaciones más resilientes no son las que ignoran estas emociones, sino las que saben interpretarlas estratégicamente.
La pregunta productiva no es “cómo volvemos a 2016”, sino “qué estaba funcionando entonces que hoy estamos perdiendo”. ¿Más foco? ¿Relaciones más sólidas? ¿Rituales compartidos? ¿Una narrativa de propósito más clara? Esas condiciones no pertenecen a un año específico. Son el resultado de decisiones conscientes sobre diseño organizacional, incentivos, prioridades y cultura.
Lo mismo aplica a nivel personal. Mirar atrás puede ser un ejercicio útil si nos ayuda a identificar bajo qué condiciones rendimos mejor, creamos más y vivimos con mayor sentido. Se vuelve improductivo cuando se queda en comparación pasiva, esperando que el presente se parezca al pasado.
Ni las personas ni las empresas avanzan mirando el retrovisor. Pero tampoco avanzan negando lo que este revela. La memoria, bien usada, no paraliza; orienta.
Tal vez la conversación no debería girar alrededor de por qué extrañamos 2016, sino alrededor de qué tipo de presente estamos construyendo hoy para que, en unos años, valga la pena ser recordado. Esa, más que una pregunta nostálgica, es una pregunta profundamente estratégica.
He crecido entrenada para leer, para aprender, para trabajar las cosas hasta desarmarlas. Para creer que, si comprendía lo suficiente, podría sostener el orden
La convivencia con la inteligencia artificial obligará a repensar no solo cómo trabajamos o aprendemos, sino cómo envejecemos y cómo enfrentamos la soledad