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Analistas 05/03/2026

Competencia, no permiso

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY

Durante años, la conversación sobre mujeres y poder ha estado marcada por una narrativa de barreras, exclusiones y deudas históricas. Muchas de esas barreras son reales y medibles, y desconocerlas sería intelectualmente deshonesto. Sin embargo, cuando el relato de la desventaja se convierte en identidad permanente, deja de ser una herramienta de diagnóstico y empieza a convertirse en un límite estratégico. El problema no es reconocer los obstáculos; el problema es organizar la propia identidad alrededor de ellos.

En el mundo empresarial, el poder no proviene de la simpatía ni de la reparación histórica, sino de la capacidad de crear valor de manera consistente. Las juntas no asignan capital por compasión y los mercados no premian trayectorias por narrativa. Premian ejecución, criterio y resultados. Por eso, el punto de inflexión no está en que el entorno valide, sino en que el individuo deje de explicarse a sí mismo como excepción o como invitado.

A muchas mujeres se les ha enseñado que deben compensar: ser impecables para justificar el asiento, agradecer la oportunidad, demostrar el doble. Ese marco mental produce alto rendimiento, pero también una forma silenciosa de subordinación psicológica: la sensación de estar ocupando un espacio prestado. Y quien se percibe así actúa con cautela excesiva, negocia su ambición y reduce su margen de maniobra antes de que el mercado lo haga.

Stephen Covey, en su enfoque sobre liderazgo efectivo, distinguía entre el círculo de preocupación y el círculo de influencia. Los líderes efectivos enfocan su energía en lo que pueden cambiar, no en lo que está fuera de su control. La responsabilidad personal, sostenía, expande el círculo de influencia; la queja lo contrae. En términos empresariales, quien centra su discurso en lo que el sistema le debe opera desde el círculo de la preocupación. Quien centra su discurso en lo que puede construir opera desde el círculo de influencia.

Este cambio de enfoque no niega la historia ni desconoce las desigualdades. Lo que hace es desplazar el eje de legitimidad. La autoridad no proviene de la narrativa de la desventaja, sino de la competencia demostrada. Y la competencia no necesita permiso: se impone con resultados.

En América Latina, donde la volatilidad es estructural y las decisiones se toman bajo presión constante, la fortaleza psicológica es un activo económico. Las organizaciones no necesitan ejecutivas que encarnen permanentemente una causa; necesitan líderes que asignen capital con rigor, que evalúen riesgos con serenidad y que sostengan crecimiento sin perder disciplina. En ese contexto, la identidad como víctima, aunque nazca de experiencias legítimas, puede convertirse en una carga estratégica.

Quizá el verdadero avance no consista en que haya más mujeres en la mesa, sino en que más personas, independientemente de su género, entren a esa mesa convencidas de que están ahí por mérito, preparación y criterio. Cuando la narrativa interna cambia, cambian también la negociación, la toma de decisiones y la ambición.

La conversación deja entonces de ser sobre género y se convierte en una conversación sobre excelencia. Y la excelencia no se concede: se construye.

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