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Conflictos congelados

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Julián Arévalo

La llegada de un comediante a la presidencia de Ucrania, Volodymyr Zelenskiy, no solo representa un paso más en el ascenso de figuras antisistema a lo largo del mundo, sino que sella la imposibilidad de que este país continúe su proceso de acercamiento a la Unión Europea. Tal vez más importante, este fenómeno recuerda lo costoso que es desaprovechar oportunidades de transformación; y sobre esto aparecen varias lecciones.

La historia reciente de Ucrania se remonta a 2013 y la inminencia de un acuerdo de asociación con la Unión Europea. En ese momento, el presidente Viktor Yanukovych prefirió optar por un acuerdo con Vladimir Putin, haciendo desvanecer las expectativas de un amplio sector de la población para el que aproximarse a Europa era sinónimo de desarrollo y progreso.

Esta decisión se tradujo en el Euromaidan, protestas masivas en Kiev y otras ciudades, que terminaron con más de 80 muertos y la salida del presidente. A esto, posteriormente, se sumó la toma de Crimea por parte de Putin, así como la detonación de la guerra en la frontera con Rusia – la región del Donbass – auspiciado por fuerzas de ese país.

Desde entonces es poco lo que se ha podido avanzar en la solución de ese conflicto, al tiempo que se mantienen frustradas las anheladas reformas a la justicia, reforma agraria, combate a la corrupción, fortalecimiento de la democracia y las aspiraciones de desarrollo económico. En todos estos frentes la situación siguió siendo crítica durante los últimos años bajo el gobierno de Petro Poroshenko, lo que contribuyó al reciente triunfo de Zelenskiy.

Con un conflicto congelado en la frontera, se elimina para Ucrania cualquier posibilidad de avanzar en la integración a la Unión Europea. Las declaraciones del nuevo presidente y la agresiva respuesta de su par ruso, con medidas como el ofrecimiento de pasaportes a los ciudadanos ucranianos en el Donbass, solo confirman que la ventana de oportunidad que se abrió en 2013 cada vez está más cerrada.

Desafortunadamente, esta historia de conflictos congelados no es exclusiva de Putin y sus fronteras. En Colombia, después de décadas de confrontación armada, cuando por fin se abrieron las puertas para llevar a cabo las transformaciones que requiere el país, la modernización del campo y su integración a la dinámica económica nacional, se hace lo posible por impedirlo.

Preferimos, más bien, congelar nuestro conflicto en el tiempo, enredarnos en bizantinas discusiones jurídicas, pisarle el freno al desarrollo y ver cómo cada vez ganan más vigencia los problemas que se debían superar. En el interregno, se dispara la presencia de actores ilegales en territorios donde hacían presencia las Farc, poblaciones enteras quedan confinadas o sometidas al fuego cruzado, florecen las economías ilegales y las cifras de asesinatos de líderes sociales nos recuerdan un pasado oscuro que parecía superado.

Pero a pesar de que, en uno y otro caso, el conflicto signifique una contención a los procesos de modernización y desarrollo, estos siguen siendo rentables en términos políticos. Quienes los promueven dependen de ellos. Su inexistencia los hace vulnerables, les quita su agenda y los obliga a plantear discusiones modernas sobre el desarrollo. Y en ese ambiente, estos actores no se sienten cómodos; allí naufragan.

Su éxito, para condena de nuestras sociedades, siempre depende de mantener conflictos congelados.

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