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Atención al capital social

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Julián Arévalo Decano, Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia

Las discusiones actuales de política pública deben poner cada vez más sus reflectores sobre el tejido social, que será clave para trasegar la crisis generada por la propagación del coronavirus, y que jugará un papel protagónico luego de que ella sea superada. Esto es especialmente importante en sociedades más frágiles, como aquellas con grandes desigualdades económicas e inequidad en la garantía de derechos y en acceso a bienes y servicios públicos.

Para lograrlo, el primer paso es desmontar la falsa disyuntiva entre salvar vidas y salvar la economía, que ha sido pésima guía en la toma de decisiones políticas. Crisis como la actual golpean los cimientos de la sociedad, tanto por el dolor asociado a la pérdida de seres queridos, como por las dificultades económicas que generan. En muchos casos, esto se traduce en sentimientos de alienación e injusticia, que pueden exacerbar inconformismos preexistentes.

Desafortunadamente, apenas iniciada la cuarentena ya había ejemplos de estigmatización, ataques y rechazo contra grupos poblacionales a quienes se les culpa por la propagación del virus en el país. Frente a este tipo de fenómenos hay que actuar de manera asertiva y con ello evitar una mayor profundización de las fracturas sociales.

También por razones como estas, no exageran quienes hablan de enfrentar la coyuntura actual con medidas similares a las de una posguerra. En esos escenarios, una de las lecciones más importantes es el papel que juegan los esfuerzos colectivos en coordinar a las sociedades hacia la superación de la crisis; el llamado capital social. Sociedades con mayores niveles de capital social son más exitosas en pasar la página.

Esto obliga a promover medidas a nivel comunitario que contribuyan al doble objetivo de salvar vidas y garantizar condiciones económicas básicas, especialmente para la clase media y los más vulnerables. Ejemplos de ello incluyen prácticas cotidianas como la rotación en el cuidado de los niños y niñas, y en la asignación de tareas domésticas, que permitan el funcionamiento adecuado de la comunidad, y garanticen condiciones sanitarias y de subsistencia acordes a la coyuntura. Adicionalmente, esto ayuda a fortalecer el tejido social.

Es mucho lo que se puede hacer al respecto con iniciativas locales, pero un llamado articulado y coherente desde las autoridades, en esa misma dirección, puede tener un efecto multiplicador que es necesario para ir más allá del nivel local y tender puentes entre diferentes sectores. Además, estas iniciativas irán sentando las bases para discusiones de hondo calado a las que habrá que llegar, como la reconfiguración del contrato social, que en casos como el nuestro pasa por redefinir el alcance del estado de bienestar.

Hace algunos meses, muchos países veían las calles de sus ciudades llenarse de manifestantes contra inequidades históricas, sistemas políticos que impedían tramitar los inconformismos y otras condiciones que consideraban inaceptables. Sería un error que en la coyuntura actual esta realidad se pasara por alto y que al malestar que trae el coronavirus se sumaran estos inconformismos acumulados, generando un impacto irreparable en la sociedad.

Tal vez aún estemos a tiempo de hacer los esfuerzos por rescatar el capital social que será tan valioso en escenarios como el que enfrentamos actualmente.

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