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Aliados, vacíos de poder y traiciones

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Julián Arévalo

Las imágenes eran casi surreales. Convoyes con banderas de Estados Unidos que salían del noreste de Siria, al tiempo que, casi de manera sincronizada, entraban otros con banderas rusas. Soldados norteamericanos que abandonaban sus pertenencias y dejaban atrás sus campamentos, los cuales eran rápidamente tomados por los nuevos ocupantes. Aunque difícil de procesar, todo esto es apenas una señal de cambios subyacentes de profundo alcance.

“¡No quiero estar en Siria para siempre; ¡es arena y es muerte!”, afirmó en estos días Donald Trump al justificar su salida del este de Siria. Pero más que dar razones sobre su decisión, es claro que el mandatario “ha personalizado, privatizado y desinstitucionalizado la política exterior [de los Estados Unidos], en detrimento del interés nacional”, tal como afirmó Michael McFaul de la Universidad de Stanford.

El reciente retiro de las tropas estadounidenses de un territorio tan complejo ha sido visto desde varios sectores de opinión como un nuevo simpático regalo a Vladimir Putin que, en coordinación con el líder turco, Recep Tayyip Erdoğan, es ahora quien impone las condiciones en terreno. El principal interés protegido es nada menos que el del líder ruso, con implicaciones negativas no solo para los Estados Unidos.

El vacío de poder que previsiblemente sería llenado por Rusia y Turquía les permite a estos países avanzar sus intereses en la región, muchos de ellos radicalmente opuestos a los de Estados Unidos y sus aliados tradicionales. A manera de ejemplo, Erdoğan ya amenazó a Europa con “abrir las puertas” y dejar pasar a 3,6 millones de refugiados, en caso de que sus recientes operaciones militares contra los kurdos (hasta hace poco aliados de Washington en Siria) se califiquen como una invasión.

Por otro lado, está el tema de las repercusiones violentas. La decisión respecto a Siria (y una similar que se prevé en el caso de Afganistán, sin un acuerdo precedente con el Talibán), les dan mayor margen a grupos armados organizados con presencia en estas regiones. Estos ejercen control territorial y tienen la capacidad de incidir en las precarias instituciones estatales, así como de desarrollar actividades terroristas en diferentes países.

La decisión de Trump también reitera su cuestionado objetivo de desmontar el orden mundial basado en principios liberales, de lo que además es evidencia su salida de múltiples acuerdos multilaterales, y su estrategia integral hacia el medio oriente. Ante los innumerables cuestionamientos a estas decisiones, la principal respuesta sigue siendo la ya ensayada apuesta de sanciones económicas, que ha mostrado con creces su limitada eficacia en contextos tan distintos como Corea del Norte, Irán y Venezuela. Y, finalmente, el mensaje que se envía todo posible aliado a partir de la situación de extrema vulnerabilidad en la que ahora se encuentran los kurdos: el riesgo de quedar expuesto a su propia suerte, si cualquier tipo de entendimiento previo empieza a parecer inconveniente para la agenda trumpiana de desestabilización y su mirada unilateral a los problemas globales.

Este último tema no debería mirarse con ligereza, especialmente en estas latitudes, donde uno que otro ha invertido buena parte de su capital político en una alianza riesgosa, con un socio poco confiable y cuyos resultados son cada vez menos tangibles. El ejemplo kurdo debería servir como referente.

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