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Falta poco para las consultas y la elección presidencial. Estas elecciones son transcendentales para la historia del país y son la continuación de 2022, año del triunfo inédito de Gustavo Petro y del inicio del proceso de venezolanización de Colombia. Se enfrentan dos modelos: la democracia liberal y la economía de mercado versus el colectivismo, la autocracia y el neocomunismo.
Lo complejo de estas elecciones es la falta de claridad y liderazgo de la mayoría de los partidos políticos, que no cumplen con su propósito esencial y fundacional. De hecho, un partido político es una agrupación permanente y organizada de la ciudadanía, articulada alrededor de ideales, principios y programas comunes, que pretende acceder al poder del Estado e influir en su manejo. Los partidos operan dentro de un marco institucional, con candidatos y propuestas coherentes con sus ideales. Son líderes de opinión y anclas de la sociedad, pues canalizan las necesidades sociales y económicas de la comunidad para darles solución. Ayudan a estructurar el debate público y a crear liderazgos a través de sus cuadros. Incluso, en caso de no llegar al poder, hacen contrapeso desde la oposición.
Y digámoslo claramente: Colombia ha sufrido un proceso de desinstitucionalización política, en la medida en que la mayoría de los partidos perdió su propósito de aglutinar a la ciudadanía alrededor de ideales y principios. Pareciera que lo que existe hoy son empresas electorales que se venden al poder o que simplemente se acomodan a las circunstancias.
Esta degradación ha significado que, a la fecha, la mayoría de los partidos políticos más significativos no tengan un candidato presidencial propio. Parecería que han perdido la vocación de poder y que, simplemente, permanecen a la expectativa de lo que más convenga a sus élites, sin tener en cuenta sus ideales y principios, ni el liderazgo frente a la ciudadanía.
Para una democracia, resulta realmente vergonzoso -y un fracaso rotundo- contar con la plétora actual de candidatos presidenciales por firmas. Genera angustia que la mayoría de la ciudadanía no tenga un norte claro sobre el liderazgo político presidencial canalizado a través de los partidos. Contamos con solo dos partidos con candidatos presidenciales, lo que evidencia un descontrol democrático ante la inexistencia de liderazgos institucionales partidistas con vocación de permanencia. Esto implica la falta de una opción concreta y segura de poder. El resultado ya lo vimos en 2022: una elección con candidatos inéditos, que culminó con la elección de Gustavo Petro.
Esperemos que las consultas, así como el debate democrático que aún falta, contribuyan a dar un norte y mayor seguridad, con una opción clara y triunfadora de poder en las elecciones presidenciales, que represente la democracia liberal y la economía de mercado.
En síntesis, los partidos políticos son instituciones esenciales de un sistema democrático, sin las cuales la democracia carece de orden y se dificulta el ejercicio del poder y su control. Además, al no contar realmente con partidos con vocación de poder, basados en ideas y principios, sino con empresas electorales, el sistema democrático se vuelve eminentemente transaccional. Por lo tanto, debemos recuperar a los partidos políticos si queremos una democracia sana y tener seguridad sobre el futuro del país y el ejercicio del poder.
Cuando la institucionalidad permite aumentos muy alejados de los parámetros técnicos, las consecuencias pueden ser significativas. Ya se observan presiones inflacionarias y efectos adversos en sectores sensibles como la vivienda de interés social
Si es este el amor que le tienen a Colombia, está siendo superado, con todo respeto, por la ambición del poder. Estamos asistiendo a una agria “fiesta” de la democracia que terminará en años de jaquecas
Un líder con daltonismo ideológico termina viendo el país en dos colores. Desde ahí interpreta cualquier desacuerdo como amenaza, convierte la deliberación en combate y vuelve sospechoso al contradictor