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En menos de una semana nos hemos enfrentado a dos situaciones que ponen en discusión nuestro sistema educativo y el papel de Colombia en la era de la Inteligencia Artificial (IA). Por un lado, somos testigos pasivos de los avances vertiginosos de la IA: por una parte, el anuncio de la salida al mercado del modelo Astra de OpenAI, basado en agentes autónomos; y por otro, la asombrosa noticia de que un modelo de programación autónoma de US$22 millones colaboró con matemáticos en la solución de uno de los grandes problemas matemáticos del siglo: las ecuaciones de Navier-Stokes. Pero las noticias que llegan de los humanos son desalentadoras; los resultados globales de las pruebas Pisa nos devuelven a una cruda realidad, evidenciando un mal desempeño generalizado en matemáticas y en lectura. En estas áreas, en una década, se perdió casi un año de aprendizaje.
Mientras la educación se estanca, la IA avanza a un ritmo acelerado, impulsada por el deseo de Estados Unidos de superar a China y consolidar su hegemonía tecnológica. A esta velocidad, no existe una metodología para calcular ni controlar los riesgos sistémicos. Hoy no existen protocolos claros ni acuerdos globales sobre cómo controlaremos los eventuales incidentes de desacato de las máquinas. La “pausa” propuesta hace tiempo por científicos y analistas simplemente no ocurrirá. Sin embargo, no es conveniente avanzar sin la coordinación de las naciones líderes para medir y mitigar los riesgos que, por ahora, no se han materializado. Y en esta carrera, los demás países esperan a ver cómo se resolverá este dilema de la humanidad, cuyo control está en manos de dos potencias.
No obstante, más allá del debate apocalíptico sobre la destrucción humana o el fin del trabajo, la evidencia empírica cuenta otra historia. Los datos recientes sobre el empleo en Estados Unidos muestran que las ocupaciones, en especial las que requieren complementariedad con la IA, están en ascenso y actúan como un complemento del trabajo calificado, impulsando la productividad en lugar de ser un simple sustituto destructivo. No se observa un colapso en el mercado laboral; por el contrario, la oportunidad de montarnos en la ola del desarrollo productivo impulsado por la tecnología sigue vigente para quienes sepan aprovecharla.
Y ahí está el dilema que enfrentamos en nuestro país; los números muestran que en Colombia no contamos con el capital humano suficiente para aprovechar los dividendos de esta carrera tecnológica. Los resultados de las pruebas Pisa evidencian deficiencias estructurales; 71% de los estudiantes en Colombia no alcanzó los niveles mínimos requeridos en matemáticas y, además, presentan deficiencias en lectura y ciencias. La realidad es cruda: si hoy no tenemos el capital humano para competir con los ciudadanos de los países desarrollados, mucho menos tendremos las capacidades para competir o interactuar con la IA que generen dichas naciones.
¿Qué debe hacer Colombia ante este panorama?
Existe un caso sumamente interesante en el Reino Unido, un país que logró revertir su tendencia al estancamiento educativo. Los británicos llevan más de una década aplicando reformas de política pública que podríamos estudiar de cerca. Desde 2010, apostaron por cambios estructurales: establecieron la fonética sintética obligatoria (con una prueba nacional a los 6 años), implementaron un currículo rico en conocimientos, importaron el método de enseñanza de matemáticas “Maestría de Shanghái”, hicieron más exigentes sus exámenes de secundaria y priorizaron la instrucción directa junto con la disciplina en el aula. En materia de gobernanza, el Reino Unido otorgó a las escuelas públicas autonomía administrativa frente a los gobiernos locales, lo que dio lugar a una nueva generación de directores y maestros más empoderados.
El cambio tecnológico no da tregua. O tomamos decisiones profundas e informadas en nuestra política educativa, orientadas a construir capacidades cognitivas reales, o nos resignaremos a quedarnos definitivamente rezagados en la periferia de la revolución de la IA.
El primer minuto de juego nos da esperanza; los yerros en comunicaciones o en casos puntuales no nos pueden desviar del objetivo que es reconstruir el país. Solo una preocupación: se requieren más recursos de los que hasta ahora han identificado