Analistas

La demonización del capitalismo

No es raro oír en distintos círculos sobre la perversidad del capitalismo y cómo la aplicación de sus principios ha llevado a tener un mundo más desigual y a enriquecer a una pequeña parte de la población. Aún en reuniones empresariales y académicas, se critica al “capitalismo salvaje”.

Resulta curioso cómo pensadores socialistas o socialdemócratas han imbuido a una gran porción de la clase productiva a nivel occidental y llevado a hacer ver como algo negativo el simple afán de generar riqueza propia; se olvidan que durante siglos imperó en el mundo el concepto bárbaro de la fuerza, que llevó a tener a los seres humanos como simples esclavos al servicio de un rey o de un conquistador; y no fue sino hasta el nacimiento del capitalismo en el que los seres humanos, gracias al libre intercambio de mercancías, lograron posicionar una clase media que llevó a las grandes revoluciones e independencias que se conocen en América.

De dicho sistema nacieron los dos pilares que los sustentan: la libertad económica y la libertad política. Ninguno funciona sin la existencia del otro. Gracias a ese conjunto, se erradicaron entre otras cosas: la mortalidad infantil; en un siglo el promedio de vida pasó de 50 años a 70; los avances tecnológicos llevaron a comunicar el mundo entero y en los países capitalistas se vieron superadas las hambrunas que durante siglos habían aquejado a la humanidad; en materia civil grupos minoritarios oprimidos a través de la historia alcanzaron igualdad de derechos y las mujeres lograron sus mayores conquistas en la historia, solo por mencionar algunos casos. Entonces, si tantas bondades ha traído este sistema, ¿Por qué ha sido desacreditado?

Gran culpa la han tenido movimientos sociales e idealistas, que despreciando las libertades individuales consideran que el hombre solo merece existir para servir a los demás, o peor aún al Estado, encarnado la mayoría de veces por un dictador de turno, que termina buscando su propio beneficio a costa de la pobreza y la hambruna de un pueblo entero.

Otros culpables han sido los propios intelectuales que, llevados por las ideas románticas de una sociedad más igualitaria, se han dejado tentar por este cúmulo de ideas destructivas y, salvo unos pocos, no han producido una filosofía acorde con la defensa de este sistema que tanto bien le ha traído al mundo. Culpables son también los propios empresarios, que dejaron “colonizar” sus mentes con este tipo de ideas en donde producir para sí mismo está mal y obligatoriamente deben redistribuir lo que consiguen, sin comprender que con la mera producción de riqueza están generando empleos, mejores productos y más baratos y además promoviendo un consumo que beneficia al país.

Los políticos, pensadores y empresarios deben perder el miedo y empezar a defender estas ideas que nos permiten, incluso, escribir estas palabras porque, si algo se ha aprendido de los populistas, es que hablan como Marx, gobiernan como Stalin y viven como Rockefeller.