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Analistas 24/05/2022

¿Miedo al futuro?

Juan Isaza
Estratega de comunicación

Hace poco, visitando una exposición de arte en Ámsterdam, me encontré una obra del artista contemporáneo Robin Kid, conocido como The Kid. Es un óleo gigante e hiperrealista de un adolescente en cuya frente está manuscrito un texto que dice “The future is old” (El futuro es viejo). Este artista basa toda su obra en las realidades que enfrentan los adolescentes y quienes hoy comienzan a entrar en la edad adulta: la polarización política, la inequidad de oportunidades, la corrupción o el racismo. La obra de este artista está llena de referencias al pasado como dándonos a entender que la humanidad nada ha avanzado y en cambio parece que fuera hacia atrás. Por eso “el futuro es viejo” puede ser la frase que mejor defina a la generación de hoy, aunque muchos no lo entiendan.

Un estudio reciente en Irlanda concluía que quienes hoy están en sus 20 y 30 serán la primera generación que viva peor que sus padres. Tendrá menos oportunidades y tener el estilo de vida con el que les criaron será inalcanzable. Nos encontramos con resultados similares en muchos países del mundo. Según un estudio de Pew Research Center del año pasado, 68% de los padres en Estados Unidos piensan que la situación financiera de sus hijos será peor que la de generaciones anteriores. Este complejo panorama se detonó a partir de la crisis del 2008 pero, sin duda, se agravó con la pandemia. Hoy se sabe que aquellos en edad escolar que enfrentaron las clases de manera virtual están peor preparados en términos académicos. ¿Qué pasa cuando en una sociedad los jóvenes son menos competentes desde el punto de vista intelectual que sus padres y abuelos?

Pero también, el hecho de que los jóvenes pierdan la esperanza de un futuro mejor es algo que hace décadas no había enfrentado la humanidad. Y mucho menos América Latina. Según un estudio global de Unicef publicado por The New York Times a finales del año pasado, se demostró que seis de cada 10 jóvenes en el mundo sienten más presión para lograr el éxito que la que tuvieron sus padres. En el citado estudio, se incluyeron tres países latinoamericanos (Argentina, Brasil y Perú). En Argentina, por ejemplo, 58% de los jóvenes (15-24 años) piensa que vivirán una vida peor que la de sus padres.

Las sociedades y las naciones están en parte cohesionadas porque la gente espera vivir cada vez mejor. Es la idea de progreso con la que crecimos. ¿Cuántas cosas se han hecho en el mundo con la única esperanza de que las generaciones que vengan encuentren mejores condiciones de vida? Toda esa energía transformadora desaparece cuando el futuro se percibe igual a un pasado que no logramos superar.

Esta realidad de las generaciones más jóvenes que se vive hoy, la percibimos de manera muy significativa con las campañas políticas. Vemos como muchos de los discursos y mensajes publicitarios nos hablan de un futuro mejor. El problema es que se dirigen a una generación que ve con escepticismo e indiferencia la idea de futuro. Los políticos siguen hablando de oportunidades y de aquel país próspero que llegará con ellas. Son quizás palabras vacías para una generación que quiere los cambios inmediatos, que ya no tiene la zanahoria optimista del futuro que los motive a estudiar más o a trabajar más duro. Una generación que prefiere el cambio a toda costa con el único fin de tratar, en medio de las presiones y la frustración, que el futuro no sea viejo.

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