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Dedicarse a lo importante

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Colombia es una nación sin “verdadera cohesión social. No integramos un cuerpo social con unidad de sentido, ni compartimos un proyecto común. Hace falta un pensamiento político que tenga como eje central un proyecto común de nación.

El país está muy descuadernado en muchos sentidos. No es problema del proceso de paz, ni de las políticas de los últimos gobiernos. Parece un mal endémico de nuestra falta de programación social profunda como nación.

Avanzamos en ciertos campos, pero falta algo decisivo como conjunto social.
Uno quisiera oír en las campañas políticas de temas como la cohesión social y el proyecto de país.

Pero lo que se oye son promesas de logros inmediatos, de rebajas de cosas, como si se tratara de un centro comercial. La lucha por el poder está montada sobre las promesas y nada más. Así como no se oye de verdad ningún plan serio para combatir la inequidad social, no se dice nada que valga la pena sobre la prioridad de ponernos de acuerdo en el país que queremos.

La democracia, más que un sistema electoral que da derecho a elegir, es un proceso de gobernar bien por parte de quien es elegido, es decir, trabajar por sacar adelante un proceso de desarrollo integral de la nación, presidido por la adhesión a las leyes y por una ética de lo público, que haga frente a la gangrena de la corrupción. Si a eso sumamos unos valores culturales, sociales y humanos comunes, la perspectiva sería distinta.

Hay naciones que lo han logrado. ¿Por qué no vamos a conseguirlo nosotros? Es un dilema claro: o prevalece el bien de Colombia o simplemente caminamos por el mismo territorio, hablamos la misma lengua, tenemos ciertos rasgos comunes, compartimos una simbología, pero nada más.

Para muchos, daría lo mismo estar en Zimbawe o en las islas Galápagos que sentirse colombianos con una obligación moral profunda de hacer patria, de trabajar solidariamente.

Democracia es diversidad y poder aportar cada uno desde su rincón de trabajo, desde su postura ideológica, tener conciencia de que cada uno es un metro de patria que hay que cuidar.

Un día está al frente del país un partido, grupo o movimiento, y después estará otro distinto, pero, si hay verdadera institucionalización y auténtica cohesión social, las cosas no cambian todas cada cuatro años, porque las bases sólidas se respetan y no se está construyendo siempre desde cero, porque se avanza y se continúa sobre lo ya comenzado.

Me atrevo a poner como ejemplo al cercano Chile, país en el que hay más desarrollo económico, menos corrupción y donde la alternancia en el poder no frena determinados logros institucionales.

Desde “la revolución en marcha” de Alfonso López en 1934 hasta hoy, hemos pasado por todo tipo de lemas prometiendo el cambio social o un nuevo país y, después de ochenta años, seguimos oyendo la misma palabrería insulsa, el blablablá de la promesería electoral, de las transformaciones radicales, de los gobiernos de unidad nacional, etc.

Somos número uno en el mundo en decir cosas bonitas y en dibujar mundos maravillosos, pero clasificamos muy mal en cohesión social, en inestabilidad de las instituciones, en avance de la corrupción. Eso sería distinto si predominara la causa común, el proyecto compartido de nación.

Parece que entre nosotros fueran mayores las razones de desencuentro que los valores en común. No es solo tener una identidad nacional, es priorizar la equidad social para disminuir las brechas del subdesarrollo y vencer la exclusión, la discriminación y la pobreza. Estos son trazos de un verdadero proyecto de país.

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