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Más allá del IVA

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El Gobierno ha llevado a que la discusión sobre la reforma tributaria gire alrededor del IVA. Esta mirada tan parcial se explica por tres razones que son muy discutibles. La primera, es la alta tributación de las empresas. La segunda, es la causalidad entre impuestos y competitividad. Y la tercera, es la conveniencia de ampliar el número de contribuyentes y la base de tributación.

Se ha dicho que la tributación de las empresas es alta. Pero los ejercicios empíricos no coinciden porque los supuestos y los métodos son muy distintos. El estudio de Rincón y Delgado (Banco de la República) muestra que la tributación del capital ha sido, en promedio, de 15,7%. Pero, por otro lado, Gómez y Steiner (Coyuntura Económica) afirman que la tasa efectiva que pagan las empresas, con respecto a la utilidad, es de 59,6%. La distancia entre las cifras es enorme, y en la arena política, que es donde se definen los tributos, se utiliza una u otra tasa dependiendo del propósito que se busque. El Gobierno y los gremios han preferido la cifra más alta y argumentan que la tributación de Colombia es elevadísima en el panorama internacional. Parece más razonable, siguiendo a Rincón y Delgado, concluir que la tarifa efectiva del impuesto que pagan las empresas es relativamente baja.

Si la estimación de la tarifa efectiva se presta a múltiples discusiones, es mucho más complicado determinar la relación de causalidad que va de los impuestos a la competitividad. Los factores multicausales abundan. Las variables que podrían incidir en la competitividad son de muy diversa naturaleza. Habría determinantes macro, como la tasa de cambio, la enfermedad holandesa de la que todavía no sale la economía nacional, el altísimo costo del crédito. Por el lado meso, el caos del “ordenamiento” territorial, la ausencia de vías, la pésima distribución de las regalías, la trampa de las economías de enclave. Y entre los factores micro, valdría la pena considerar los bajos niveles de educación, las dificultades para el acceso a la salud, la poca asistencia técnica que reciben los pequeños y medianos empresarios, la tramitología, etc. Faltaría mencionar los problemas asociados a la violencia y a la débil institucionalidad. Frente a esta realidad tan compleja, por qué se dice, con prepotencia y aparente certeza, que los “altos” impuestos son los principales causantes de la falta de competitividad. Ninguno de los dos postulados es cierto.

Finalmente, el discurso a favor de la reducción de los impuestos de las empresas se justifica con otra falacia: la carga tributaria tiene que distribuirse mejor. Este principio sería cierto si la sociedad colombiana fuera más igualitaria. Es obvio que si el 1%, el 0,1%, el 0,01%, el 0,001% acaparan la mayor parte de la riqueza y de la tierra del país, hacia allí se debe dirigir la tributación.

En vista de las dificultades políticas que se están presentando con la propuesta de modificación del IVA que el Gobierno llevó al Congreso, valdría la pena cambiar la óptica de la discusión, y repensar alternativas fiscales. Y el primer paso podría ser el de no reducir el impuesto a las empresas. Frente al tema tributario el presidente Duque está obligado a incumplir sus promesas de campaña. Quizás sea preferible que le falle a los grandes empresarios que a la gran masa de consumidores. Y para tranquilidad de unos y otros, la mayor demanda sí favorece la competitividad.

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